sábado, 26 de noviembre de 2011

COMPAÑERISMO


Alicia es una compañera de trabajo, de 36 años y muy sexy, aunque no excesivamente guapa. El caso es que casi todos los hombres de la empresa le andan tirando los tejos.
Por eso me sorprendió tanto cuando un viernes, a punto de despedirnos todos hasta el lunes, se acercó a mí y me dijo:
-S i tienes tiempo y pues, ¿podrías venir mañana por la tarde a mi casa? Tengo que pedirte un favor importante para mí.
-Bueno –Respondí-, poder si puedo, pero si es algo del trabajo…
-No, es un motivo personal.
-De acuerdo. Pero hay una pega, que no sé dónde vives.
Me dio una tarjeta de visita y me dijo.
-Te estaré esperando a eso de las siete de la tarde.
Ni que decir tiene que me pasé el resto del viernes y la mañana del sábado especulando sobre lo que querría de mí.
A las siete en punto estaba llamando a su puerta.
Me acomodó en el sofá del salón y me ofreció lo que quisiera para beber. Tras servirlo se sentó junto a mí y me dijo:
-Verás, el favor que necesito de ti es que me dejes hacerte una paja.
Lo insólito de la petición me dejó con la boca abierta. Y no menos el desparpajo en la forma de proponerlo. ¡Pero mucho más lo que vino a continuación!
-Veo que te asombras, es natural. Verás, tú me gustas y quiero que nos corramos juntos, pero hay una condición inexcusable: nos masturbaremos mutuamente pero nada más. Nada de penetración ni algo parecido.
-Bueno, yo… -No salía de mi asombro.
-Naturalmente sería cuando caldeáramos un poco el ambiente, no así en frío y de sopetón.
Tras recuperarme un poco pensé que por qué no, después de todo la cosa tenía su morbo, sobre todo por la novedad, aunque no entendiese de la misa la media.
-Bueno –Accedí-, podemos probar.
-¡Qué bien! Voy a preparar esto un poco entonces, tú no te muevas.
Manipuló las luces de manera de dejar la estancia en semipenumbra.
-En un minuto vuelvo.
Y salió del salón.
Lo hizo en poco más del minuto prometido. Se había puesto un picardías rojo, transparente, sin sujetador pero con un tanga minúsculo también rojo. Encendió el televisor; en el que ya tenía preparado un vídeo porno; y se sentó muy cerca de mí.
-¿Me dejas que te desnude yo? –Preguntó.
-Claro.
Las pajas mutuas; pues fueron más de una; resultaron esplendorosas. Ella gemía y gritaba desaforadamente cada vez que tenía un orgasmo, y recogía con su mano mi esperma cuando yo eyaculaba para llevárselo a la boca, pero en ningún momento intentó una mamada.
No tengo que decir que yo tenía unas ganas locas de follarla, pero ni siquiera lo propuse, atendiendo al “pacto”.
Tras casi tres intensas horas dio la sesión por terminada diciendo:
-A mí me ha parecido estupendo. ¿Y a ti?
-También.
-Pues ya te avisaré cuando necesite otro favor. Ahora, sintiéndolo mucho, tienes que marcharte.
-De acuerdo. Hasta lunes –Dije cuando estuve vestido y en la puerta.
-Sí. Y no se te ocurra dejar traslucir nada de esto en la empresa.
Con más o menos el mismo ritual, la cosa se repitió con frecuencia. En realidad casi todos los sábados.
Pero aquello, sin yo sospecharlo, tenía que dar más de sí.
Fue una de esas semanas en que Alicia me preguntó terminando el viernes:
-¿Puedes mañana?
-Desde luego –Contesté- A la postre me estaba gustando el juego.
-Pues a la hora de siempre.
Cuando llegué el sábado y fui a acomodarme en el sitio habitual, al otro extremo del sofá estaba sentada otra mujer. Alicia hizo las presentaciones, se llamaba Paula y supuse que se había presentado sin avisar.
Me equivocaba, porque Alicia me dijo:
-Paula quiere participar en nuestro juego. ¿Podrás con las dos?
¡En aquella casa a mí ya no me extrañaba nada!
-Pues no sé –Respondí-, pero haré lo que pueda.
-Te advierto que yo no entro en las normas de Alicia –Habló Paula por primera vez.
Supuse lo que quería decir y no me pareció nada mal.
Alicia comenzó con el ritual de las luces, el vídeo, y salir para ponerse la “ropa de faena”, sólo que esta vez fueron las dos las que salieron juntas del salón.
A Alicia ya la había visto con toda su vestimenta erótica, pero Paula me sorprendió con una especie de faldita hawaiana hecha de tiras de apenas dos cuartas de largas, ¡y absolutamente nada más!
-¡Madre mía que cachonda estoy! –Exclamó Paula.
Me hicieron poner en pie para desnudarme entre las dos con sus manos recorriendo todo mi cuerpo. Luego se agacharon ante mí para jugar con mi polla. Aunque Alicia siguió fiel a su costumbre de no acercársela a la boca, Paula no tuvo inconveniente alguno en darla unos buenos lametones y metérsela en la boca casi entera.
Más que sentarnos nos dejamos caer en el sofá. Mis manos fueron cada una a un coño mientras Alicia se puso a meneármela con entusiasmo.
Las dos mujeres se movían convulsivamente y acompañaban con sus dedos las “exploraciones” de mis manos.
Al poco Paula farfulló, más que dijo:
-Anda Alicia, déjame que le haga una buena mamada.
-Como no, adelante.
Se puso a chupármela con un entusiasmo y maestría dignos de encomio. Aunque me hacía dar saltos de placer, no dejé de manipular el coño de Alicia, que ya se había corrido una vez por sus inequívocos gritos en tales momentos.
Tras un rato, en el que tuve que hacer esfuerzos titánicos para no correrme en su boca, levantó la cabeza y gimió:
-¡No puedo más! ¡Necesito que me lo coman o que me follen!
-¿Y por qué no las dos cosas, putona? –Preguntó Alicia.
-¡Lo que sea pero ya!
-Anda, hazla correrse como una cerda con tu lengua.
Lo hice, y logré que se corriese mientras lloraba y gemía, pero no pareció tener bastante.
-¡Más! ¡Más! ¡Quiero más!
-¿Quieres que te folle aquí, o prefieres en la cama? –Le preguntó Alicia.
-¡Me da igual, donde sea pero que me folle ya!
-Vamos a la cama, estaremos más cómodos.
Fuimos casi a la carrera hasta el dormitorio. En cuanto se tumbó en la cama abrió las piernas y las levantó poniendo los pies a la altura de su cabeza.
-¡Por favor, clávamela ya!
Lo hice, por supuesto. Se corrió por segunda vez apenas tuvo la punta dentro, luego lo hizo otras tres veces. Yo también eyaculé dos veces sin sacársela siquiera en unas de las corridas más salvajes que he tenido en mi vida.
Alicia, mientras, tumbada a nuestro lado, se destrozaba el coño con las dos manos en medio de orgasmos continuos que denotaba con sus particulares gritos…
Está visto que el ser buen compañero tiene a veces recompensas muy satisfactorias.

© José Luis Bermejo (El Seneka).

viernes, 25 de noviembre de 2011

MI DESEO


Quiero chuparte el coño lentamente,
meter toda mi lengua en tu vagina,
que mi pene te roce dulcemente
Mientras todo tu cuerpo se ilumina.
Deseo que grites que quieres ser follada,
que tus piernas se abran como locas
mientras me gozas con una mamada,
con tus pezones duros como rocas.
Que me tires de espaldas en la cama,
que me cabalgues con furia y desafío,
que te olvides que eres una dama,
y que tu orgasmo estalle con el mío

© José Luis Bermejo. (El Seneka).

jueves, 24 de noviembre de 2011

DETESTO...


Detesto los correos colectivos,
los FW, FW reenviados,
los “encontré este blog de mis amigos”,
los “sohut’s” que nos perdonan los pecados.
Los apólogos de la vida sana,
los perfiles que mienten cual bellacos,
las que enseñan las piernas… de su hermana,
las que se quitan veintitantos “tacos”.
Las que pretenden ser lo que no son
porque no están a gusto con su vida
y pretenden vivir una prestada,
fastidiando, sin ninguna razón,
a quien sabe montarse su movida,
pues tienen a la envidia por pendón.

© José Luis Bermejo. (El Seneka).

miércoles, 23 de noviembre de 2011

ORGÍA EN LA OFICINA


Llegamos al piso 17. Cuando se abrió la puerta del ascensor ya había fuera cuatro o cinco personas esperándolo. Yo no podía aguantar, me chorreaba el coño y en un minuto que las tuve puestas tenía las braguitas empapadas a despecho del salvaslip, de forma que les dije con un gesto que me siguieran y enfilé escopetada hacia mi despacho.
Nada más entrar me desnudé precipitadamente y me tumbé en el sofá diciendo:
-¡Venga, que alguno de los dos me la meta, ya!
Fue el ‘ejecutivo’ quien me tomó la palabra, se bajó los pantalones y se tiró sobre mí clavándomela hasta el fondo, Grité de gusto. Pero el ‘macarra’ no se quedó quiero, naturalmente, este se desnudó por completo y se puso, medio de pie medio inclinado. Al lado de mi cara arrimando su enhiesta verga a mi boca para que se la chupara, cosa que no dudé en hacer mientras sentía la polla del otro bombeando en mi coño.
Creo que tuve 4 o 5 orgasmos, el más intenso cuando el que me estaba follando se corrió sobre mis tetas y el macarra, al mismo tiempo, como si se hubiesen puesto de acuerdo, en mi cara y en mi boca.
Pese a todo yo seguía salida como una perra en celo; sería por la novedad; pero entendí que los tíos necesitaban otros ‘alicientes’, así que recordé que mi secretaria siempre estaba en el pequeño despacho de al lado, con comunicación directa con el mío, que nunca me había dado señales de que le gustasen esas cosas, pero por probar…
-Esperad chicos –Dije-, a ver si animamos esto.
Fui al intercomunicador y llamé:
“Mari, ven a mi despacho en cuanto puedas”.
No tenía la menor idea de cómo iba a reaccionar al vernos allí a los tres desnudos, pero soy mujer y conozco a las mujeres, sobre todo a las que tengo cerca.
Se abrió la puerta de comunicación y entró la chica diciendo:
-Sí, dime Irene…
Se quedó un tanto cortada al ver el ‘panorama’.
-Bueno Mari –Dije- Ya ves como estamos. Me preguntaba si querrías echarnos una mano.
-¡Um! Desde luego que sí –Respondió.
Y uniendo la acción a la palabra le ‘echó una mano’ a la polla del macarra que se puso tiesa de inmediato como impulsada por un resorte.
-¡Um! Sabía que tu ayuda sería decisiva –Dije- ¡Venga, quiero que me la metas ahora que estás de nuevo en forma! ¿Te ocupas tú del otro Mari?
….
-Claro que sí. Venga, a ver si ponemos esa verga bien dura.
De inmediato se arrodilló ante el ‘ejecutivo’ y empezó a hacerle una mamada de escándalo.
Como ocupaban el sofá, el ‘macarra’ me sentó sobre mi mesa de despacho, me hizo subir los pies a la altura de mi cabeza y me la clavó hasta el fondo sin miramiento alguno. Grité como loca al sentir mi coño lleno de aquel pedazo de carne que se movía acompasadamente en mi interior.
En mi vida había estado tan cachonda, y el espectáculo de Mari mamándosela al otro contribuía aún más a mi excitación. Me corría una y otra vez ininterrumpidamente, pero seguía queriendo más y más.
El ‘ejecutivo” se había corrido en la boca de Mari, pero la joven no se iba a conformar con eso. Sólo con su forma de desnudarse logró ponérsela dura de nuevo. De inmediato lo cabalgó entre gritos de placer y palabras subidas de tono que parecían excitarla más aún.
Casi una hora después, con los dos hombres agotados y nosotras todavía ansiosas, Mari me dijo:
-¿Sabes Irene? Siempre te he visto como una mujer seria e inaccesible, pero desde que trabajo contigo he estado soñando con comerme tu coño. ¿Me dejarías?
Nunca había tenido ninguna experiencia con otra mujer, pero estaba tan cachonda que en esos momentos hubiese dejado que me follase un perro.
-Claro que sí pequeña- Contesté- A ver lo bien que lo haces.
‘Echamos’ al ‘ejecutivo’ del sofá y me tumbé en él con una pierna sobre el respaldo y la otra colgando al suelo para ofrecerle mi chocho bien abierto. Mari se puso de rodillas en el asiento y hundió su cara entre mis muslos.
¡Qué maravilla! Mi marido algunas veces, pocas, había hecho lo mismo, pero ni punto de comparación. La joven sabía tan bien donde lamer, mordisquear, succionar, jugando al tiempo con sus dedos en mi culo, en mi vagina, que mis orgasmos eran continuos y sentí que me desvanecía de gusto. Ella tampoco dejaba de masturbarse con su mano ‘libre’.
Ni que decir tiene que la visión de nosotras gozando como locas no dejó indiferentes a los hombres; al rato estaban junto a nosotras ‘machacándosela’ a más y mejor.

El ‘macarra’, viendo el tentador culo en pompa de Mari mientras me lamía se la quiso clavar, pero ella, apartando un momento la boca de mi coño, le dijo:
-No, en el chocho no, métemela por el culo guapo.
No se hizo de rogar el mozo, al momento se la había metido en el culo con toda facilidad, se ve que la chica estaba acostumbrada a ‘usar’ aquella vía de penetración.
Yo, de paso que me corría una y otra vez con la lengua de la chica, le hacía una mamada al ‘ejecutivo’ para que no se sintiese desplazado.
Otra de las consecuencias de mi inexperiencia era que a mí nunca me la habían metido por el culo, pero por los berridos de placer que daba Mari, me dije que tenía que probar también aquello, de forma que le dije a Mari:
-Nena me voy a poner de rodillas en el sofá, yo también quiero que me la metan en el culo.
-Estupendo, vamos las dos.
Así que con la cabeza y las manos apoyadas en el respaldo, de rodillas en el asiento y ofreciendo nuestros culos… ya ni puedo decir cual de los dos me la metió. Sé que al principio me dolió un poco, pero luego resultaba delicioso al máximo. Las dos enculadas nos tocábamos el coño una a la otra y nos besábamos cuando nuestros gritos de placer nos lo permitían.
Tres o cuatro horas más tardes, después de mil orgasmos; también con cortos períodos de recuperación; se marcharon los dos hombres. Le dije a Mari que nosotras también nos tomábamos el resto del día libre.
De forma que volví a mi casa, a mi rutina de dama recatada… Pero mi vida ya no volvería a ser la misma a partir de entonces.
FIN

martes, 22 de noviembre de 2011

ME LO DIJO UNA AMIGA


Estoy pensando en ti, y ya mi tesoro
se inflama y me reclama tu presencia
pero estás tan distante que tu ausencia
me hace tocarme mientras me acaloro.
Y froto mis pezones y te añoro,
y aprieto entre mis piernas mi indecencia,
y hundo mis dedos en mi impura esencia
y presiono mi perla y me incorporo.
Cierro los ojos, quiero imaginarte
entre mis oquedades y el deseo
lanzando a golpes del amor tu arte
y mi imaginación es mi ajetreo
que se acelera y en tu nombre parte
estallando en sublime cosquilleo.

© José Luis Bermejo (El Seneka)

lunes, 21 de noviembre de 2011

CICLO


Fue el amor completado por el sexo.
El sexo transformándose en poesía.
La poesía resolviéndose en lágrimas de gozo.
Las lágrimas convirtiéndose en deseo.
El deseo culminándose en el sexo.
El sexo sublimado por el amor.

© José Luis Bermejo. (El Seneka).

domingo, 20 de noviembre de 2011

SALUDO EN EL AUTOBÚS


El autobús está lleno de gente extraña hombres, mujeres, niños con sus madres, las miradas perdidas en una multitud que no se para a pensar en los deseos escondidos de cada uno.
Una mirada se clava en mi nuca, me giro y veo a un joven alto, moreno con una camiseta ceñida a su cuerpo musculoso , esa mirada en la que te notas que empiezan a desnudarte, una media sonrisa y piensas ¡¡¡no es a mi!!!
Me siento, sigue estando el autobús lleno pero casualidades de la vida se vacía el asiento de mi lado y se sienta él.
Me noto ruborizada, creo que me sube la temperatura, lo estoy oyendo respirar tiene media melena y le tapa la cara no me mira directamente solo gira la cabeza cuando yo no miro.
Su mano se desliza entre su pierna y la mía, no me lo puedo creer no me muevo, me gusta esa sensación. Estoy quieta esperando cual es el siguiente movimiento se acerca a mi oreja y me dice muy flojito:
-¿sigo?
No puedo responder solo lo miro y asiento con la cabeza, llevo una falda negra tableada y se acerca al filo que da a las rodillas, con sus dedos empieza a arrugarla hacia arriba.
Ardo en deseos de que sus manos lleguen más arriba, se inclina hacia mí y me besa la mejilla a la vez que llega hasta el fondo, solo puedo pensar ¡¡que no llegue la parada!!
Mueves sus dedos con rapidez y me siento mojada, quiero saber si él se siente igual que yo y miro su entre pierna, tiene una erección fantástica un volumen enorme se da cuenta y me coge la mano me la pone encima de ese pene maravilloso y lo siento esta palpitante parece que quiere salir de su cárcel ese pantalón que esta ceñido a punto de explotar.
Cuando siento que su mano aparta mi braguita y empieza a acariciarme el coño, el clítoris… No puedo resistirme y le abro la bragueta para buscar su polla. La encuentro, grande, dura, caliente, y me pongo a meneársela.
Mientras tanto la gente sigue saliendo y entrando en el autobús, vuelvo a mis pensamientos por que siento olor a sexo está saliendo de nuestros poros la respiración ya es jadeante ya está dentro de mi tiene dos dedos que parecen tener prisa por encontrar lo jugos de la mañana.
Yo quiero también sentir su caliente leche en mi mano y acelero mi paja.
Lo noto ya está aquí me voy a correr, ¡Me corroooo! Y noto que el también porque mi mano se llena de ese delicioso líquido espeso. Satisfechos nos dirigimos una mirada cómplice.
Sonríe, se levanta se va hacia la puerta y llega la parada, baja vuelve ese cuerpo hermoso hacia mí y me saluda.
Yo me siento empapada, chorreante y feliz. Quiero que me den los buenos días siempre así.

Elena Paricio.

CANTANDO BAJO LA LLUVIA


            Eran las siete de la tarde. Había hecho un día espléndido, soleado, un día de otoño de lo más agradable. Yo regresaba del pub de un amigo al que había ido a ver tras un tiempo, me había tomado un par de copas, y me había devuelto un paraguas que me dejé en ese mismo sitio hacía ya casi un año, con lo que mi imagen era un tanto incongruente con el paraguas bajo el brazo en una tarde despejada. Nadie me podía haber dicho que semejante artilugio iba a jugar un papel tan importante en los acontecimientos posteriores.
            Porque, de repente y con retraso cronológico, ya que estas cosas suelen suceder en verano, el cielo empezó a encapotarse a una velocidad inusual. A los cinco minutos llovía como si quisiera reeditar el Diluvio, me congratulé de haber hecho el ridículo durante un rato con mi paraguas, pues ahora me protegía; aunque no demasiado, porque un viento racheado hacía que el agua entrase cada vez por un sitio; a diferencia del resto de los ciudadanos que andaban por las calles hacía unos minutos, y ahora corrían desenfrenados en busca de un refugio contra la inclemencia del tiempo.
            En estas andaba cuando sentí que alguien me tocaba en la espalda. Me volví y vi que era una mujer de unos 40 años, con un vestido totalmente empapado que se pegaba a su cuerpo como una sanguijuela hambrienta, calada hasta los huesos y tiritando.
            -Por favor –Dijo- ¿Me podría acompañar un trecho con su paraguas? Llevo prisa y con este tiempo es imposible encontrar un taxi libre.
            -Ni que decir tiene –Respondí- ¿Hacia dónde va? Pero venga, métase bajo el paraguas.
            -Verás –Inició el tuteo de inmediato-, Tengo una cita con una migo en “Riofrio”, es una de esas citas a ciegas, estaba nerviosa y decidí caminar hasta la cafetería para ver si me relajaba, pero me ha sorprendido este temporal.
            -¡Uff! Pero estamos en San Bernardo, hasta Colón hay una tirada.
            -Ya lo sé, por eso he pedido tu amparo, no me gustaría darle plantón antes de conocerle.
            -Por mí no hay problema. ¿A qué hora habías quedado?
            -Bueno, falta aún una hora larga, pero yo que me había puesto mis ‘mejores galas’, imagínate como voy a llegar.
            -Desde luego tal vez no elegante, pero sí tremendamente sexy con el vestido marcando tus deliciosas formas.
            -¡Um! Muy amable.
            -Venga, apretemos el paso, que si no, no llegas.
            El paraguas, la verdad sea dicha, ya nos servía de poco, ambos íbamos empapados, pero por su cita no teníamos tiempo de guarecernos en ninguna parte.
            -¿Puedo abrazarme a tu cintura? –Preguntó la mujer- Estoy helada y así aprovechamos mejor el paraguas.
            -Claro que sí.
            Se cogió a mi cintura apretándose mucho contra mí, aunque eso dificultaba un poco nuestro caminar, la sensación era agradable, dentro de lo desagradable de la situación meteorológica.
            Al cabo de un rato, que pareció interminable, llegamos a la cafetería en cuestión. La temperatura dentro era la adecuada, pero con nuestras ropas empapadas y el frío del exterior, se nos antojó un horno.
            -¿Tendría que estar ya tu ‘chico’ aquí? –Inquirí.
            Miró su reloj y contestó:
            -Faltan diez minutos, aunque si es un caballero ya debería estar. Pero yo no estoy en condiciones de presentarme ante nadie con esta facha, así que primero voy al servicio a ver si encuentro el medio de secarme un poco. ¿Me acompañas?
            -Claro, yo también estoy calado, al menos a ver si puedo hacer algo como peinarme y demás.
            -Pues vamos.
            Los servicios estaban bajando un tramo de escaleras. Obviamente me dirigí al de caballeros dejándola a ella en la puerta del de señoras, pero me retuvo por el brazo.
            -No, entra en este conmigo.
            -¿¡Ahí!? –Me sorprendí.
            -Sí, necesito tu ayuda para ponerme ‘visible’.
            -Ya pero… ¿Y si hay alguien dentro?
            -Ja, ja –Se rió- Parece que no estás muy ‘puesto’ en ciertas cosas. No hay nada más común que encontrarse a una pareja en el servicio de señoras, ya nadie se extraña por eso.
            -Pues no, no estoy muy ‘puesto’, de hecho creo que no he entrado en su aseo de señoras, público, en mi vida.
            -Venga ven, verás como no pasa nada.
            Entré con ella en el servicio, aunque confieso que bastante cortado y suplicando en mi interior para que no hubiese ninguna otra mujer dentro.
            Mis ruegos fueron escuchados, el sitio estaba desierto. Sin aviso previo, ella se quitó el vestido quedándose sólo con el sujetador y las braguitas. Me tendió la prenda diciendo:
            -Sujétame esto, lo tengo todo empapado.
            Cogí el vestido intentando mirar hacia otro lado, pero mis ojos iban a su cuerpo, perfectamente armonioso, como atraídos por un imán. Ella se dio cuento y me dedicó una sonrisa pícara, seguramente estaba pensando: “Espera, que aún no has visto nada”, porque su quitó también las dos piezas que la cubrían quedando completamente desnuda ante mis vista.
            Con ingenio, como si la situación no fuese en absoluto nueva para ella, conectó el secador de manos de aire caliente y empezó a pasar las prendas por debajo. Dada la ‘liviandad’ de las telas no tardarían, sin duda, en estar secas con aquel método.
            Se movía, desnuda ante mí, con total naturalidad. Sus pechos no eran grandes, pero si firmes, y sobre todo los pezones se proyectaban hacia delante erguidos y desafiantes, quise suponer que por el frío. El sexo, más que depilado, lo llevaba ‘peinado’, el vello púbico formaba una especie de corazón justo por encima de la vulva. Las caderas y nalgas eran rotundas, tal vez poco adecuadas para una modelo de alta costura; (a ojo de buen cubero calculé sus medidas en 80-60-100); pero irresistiblemente tentadoras. Todo denotaba que era una mujer de las que no descuidaban su apariencia.
            Pese a que intentaba ‘distraerme’ pensando en política internacional, en macroeconomía, y en mecánica cuántica, no pude evitar que mi virilidad reaccionase y noté una erección ‘importante’ bajo mi ropa.
            Cuando consideró que sus prendas interiores estaban secas, en lugar de ponérselas las dejó sobre la repisa de los lavabos, se volvió hacia mí y me dijo:
            -Ahora es cuando me tienes que ayudar. Hay que hacer lo mismo con el vestido, pero manteniéndolo estirado entre los dos, porque de lo contrario quedaría muy arrugado.
            De forma que cogiéndolo ella por la parte de los hombros, y yo por debajo, manteniéndolo bien estirado, volvió a darle al aparato del aire caliente.
            -Tenemos que ir moviéndonos, sin dejar que se arrugue, para pasarlo todo por debajo del aire.
            Así lo hicimos. Era una especie de danza lenta… ¡Empecé a odiar aquel vestido que nos mantenía separados!
            Cuando su ropa estuvo en condiciones; dentro de lo posible en aquellas circunstancias; sin hacer intención alguna de ponérsela se acercó a mí diciendo:
            -Ahora vamos con la tuya.
            Y empezó a desabrocharme la camisa ella misma.
            -No hace falta –Protesté-, yo no la tengo tan mojada.
            -¡Venga ya! ¿Quieres coger una pulmonía?
            -Mujer, no es para tanto.
            -Claro que sí –Ya me había quitado la camisa-. ¡Ah! Mi nombre es Elvira.
            -Encantado Elvira. El mío es José Luis.
            -Venga, ya conoces la técnica: igual que con mi vestido.
            Su ‘normalidad’, unida a su desnudez, cada vez me estaba excitando más. Cuando la camisa estuvo seca, sin decir nada, señaló mi pantalón. Ya sabía que negarme iba a ser inútil, también sabía que se iba a dar cuenta de mi ‘estado’. Mientras, otra parte de mí suplicaba a las más altas instancias para que no entrase nadie en el condenado lavabo.
            Así que me quité el pantalón para evitar que lo hiciese ella y la consiguiente y perturbadora proximidad. Obviamente, el calzoncillo marcaba la ‘hinchazón de manera harto evidente:
            No pude por menos que disculparme al ver su mirad clavada allí.
            -Lo siento, yo…
            -¿Qué sientes? –Replicó-, ¿Qué te haya puesto cachondo? La verdad es que de no ser así me habría decepcionado y enfadado un poco, una tiene su vanidad femenina.
            Ignoro en que estado estaría ella, pero su ‘indiferente naturalidad’ me ‘ponía’ aún más.
            Cuando se secó el pantalón ya sabía lo que ‘tocaba’, y aunque, sinceramente, mi calzoncillo estaba seco, no esperé a que me lo ‘ordenase’ y me lo quité. Ya estaba dispuesto a que ‘saliese el sol por Antequera’.
            Al verse ‘liberado del encierro’ de la prenda, mi miembro se ‘disparó’ con todo su ‘orgullo’. Ella lo miró sin pudor y sólo expresó una interjección:
            -¡Ummm!
            Ya he comentado que el calzoncillo estaba seco, no obstante se ‘demoró’ demasiado en el ‘ritual de secado’. Era evidente que ambos sabíamos que después tenía que ‘pasar algo’.
            Finalmente se acercó a mí y dijo:
            -Es evidente que así no puedes quedarte –Cogió suavemente mi miembro con su mano-. Acabarías con un recalentón doloroso.
            -Bueno, ya me ha pasado otras veces y puedo resistirlo.
            -Pero yo no voy a consentirlo, y menos habiendo sido yo la causante…
            En es momento ocurrió lo que había estado temiendo durante todo el rato: se abrió la puerta y entró al servicio una mujer. Es verdad que al principio se quedó un tanto cortada al ver el ‘cuadro’, pero enseguida dijo:
            -Tranquilos, seguid. Yo sólo voy al retrete.
            Hizo lo que decía, volvió a salir al cabo de pocos minutos y dirigiéndonos una sonrisa cómplice abandonó los servicios.
            Si aquello no había aplacado mis ‘ardores’ no creo que consiguiera hacerlo nada.
            -Te has cortado –Dijo Elvira.
            -¿Tú qué crees?
            -Bien, seremos nosotros los que tendremos que meternos en uno de esos ‘reservados’. Venga recojamos la ropa.
            Lo hicimos y nos metimos en uno de los retretes al que echó el pequeño cerrojo de seguridad.
            -¿Tienes gomas? –Preguntó.
            -Pues no. No suelo andar con esas cosas por los bolsillos.
            -¡Pues qué pena! Porque yo también estoy caliente y me hubiese apetecido… Bueno, habrá otras cosas que podamos hacer.
            Su mano ya no estaba quieta, sino que me masajeaba lentamente. Hizo que me sentase sobre el inodoro, me separó las piernas, se puso de rodillas entre ellas y empezó a…
            Cuando ambos hubimos ‘terminado’; como Dios nos dio a entender; me acordé de repente de que había alguien esperándola arriba.
            -Elvira –Dije-. ¿Qué pasa con tu cita?
            -¡Joder, es verdad! Se me olvidó por completo. Corre, vístete y vayamos a ver si sigue ahí.
            Nos vestimos ambos y subimos a la cafetería. No tengo ni idea de cómo habían quedado para identificarse, pero ella recorrió el local con la mirada y, empujándome con el codo, me dijo:
            -Creo que sí está ahí. Me parece que es aquel con la corbata azul celeste.
            -Bueno –Comenté-, pues cumplida mi ‘misión’; y bien recompensada; te dejo para que te reúnas con él.
            -¡De eso nada! –Protestó- Tú vienes conmigo.
            -No creo que eso le haga mucha gracia.
            -Me da lo mismo, pero creo que tú tienes una deuda pendiente conmigo, así que de irte, nada.
            Así que, de mala gana por mi parte, nos dirigimos a la mesa donde estaba el sujeto de la corbata azul.
            He de confesar que el mero ‘aditivo’ de la corbata ya hizo que el hombre no me ‘entrase por los ojos’. No era la corbata del ejecutivo que la lleva con naturalidad porque la obligación le ha acostumbrado; ni la del pijo que se siente desnudo sin ella; era la del que quiere impresionar a alguien de la peor manera posible. Eso sí, he de confesar que en todo lo demás me superaba con creces: más joven, más guapo, más musculado… No creo que fuese competencia para él respecto a Elvira; y la verdad es que tampoco quería serlo, yo ya había tenido mi premio ‘inesperado’ del día; pero no pude dejar de preguntarme qué demonios pintaba yo allí.
            -¿Eres Alfredo, verdad? –preguntó Elvira parándose ante la mesa.
            -Sí, sí, claro –Respondió el tal Alfredo, que no tuvo la caballerosidad de levantarse ante la chica.
            -Yo soy Elvira –Le tendió la mano-. Y este es José Luis, un amigo que ha tenido la amabilidad de protegerme del aguacero –Yo también estreché la suya-. ¿No te importa que se siente con nosotros, verdad?
            -Pues no, claro.
            Dijo, pero la expresión de su rostro denotaba que si hubiese podido hacerme desaparecer chasqueando los dedos, lo hubiese hecho.
            Me pedí un whisky y procuré quedarme al margen, en lo posible, de su conversación.
            Fuera seguía ‘jarreando’ con ganas.
            Estoy seguro de que el hombre me hubiese asesinado de buena gana, pues Elvira le dijo, tras una larga charla; que podían quedar para otro día, porque en ese momento ni podía ni quería dejarme solo. ¡Yo, que estaba loco por salir corriendo de allí!
            Así que, al cabo de una hora más o menos, el hombre se despidió de nosotros; con cara de muy poco amigos; y salió del establecimiento. Nosotros seguimos sentados en la mesa.
            -Bueno –Me espetó Elvira -, pues tú dirás como hacemos para que saldes tu ‘deuda’ pendiente. Porque ahora la que no se puede quedar así soy yo.
            -Aquí, cruzando Colón –Dije-, hay un buen hotel. Si quieres que tomemos una habitación…
            -Claro que quiero, pero antes hay que comprar unas gomas.
            -Por descontado, yo me encargo, si me esperas diez minutos.
            -Lo que haga falta.
            Conocía bien la zona, pues a cuatro manzanas estaba “Toni 2”, mi lugar de recalada nocturno, y sabía donde había un ‘tugurio’ con máquina expendedora de preservativos. Así que me agarré a mi paraguas y salí a la calle.
            En siete minutos estaba de vuelta con la caja de profilácticos en el bolsillo. No entendía muy bien el repentino ‘emperramiento’ de Elvira conmigo, pero tampoco me lo iba a cuestionar en aquellos momentos. Sólo pensé: “Ve con cuidado, las cosas tan fáciles suelen esconder alguna trampa”.
            -¿Nos vamos? –Pregunté al llegar de nuevo junto a ella.
            -Sí. ¿Sigue lloviendo?
            -Un poco menos, pero sí.
            -Bueno, ahora ya no me importa.
            Se levantó, volvió a cogerse de mi cintura como al venir y salimos de nuevo a la calle en busca del hotel.
            Sólo había que cruzar Colón; (llamada ahora Plaza del descubrimiento); y andar unos 50 m. atravesando Goya[1]. Elvira ya no sólo iba abrazada a mí, sino rozándome con su cuerpo de la forma más insinuante.
            Nos registramos en el hotel y subimos a la habitación. Ya en el ascensor se pegó a mí y me besó, con uno de esos besos ‘irrespirables’.
            Ya en la habitación dijo:
            -¿Nos duchamos? Yo estoy helada.
            -Bien, pero te aseguro que yo estoy bastante ‘calentito’.
            -¡Ah! ¡Eso me lo demuestras ahora!
            Nos desnudamos, nos metimos en la ducha…
“Al final, para qué más detalles,
Ya sabéis, copas, sisas y excesos.
¿Cómo van a caber tantos besos
En una canción” (J. Sabina).

© José Luis Bermejo (El Seneka).


[1] Todos los lugares mencionados existen. Cualquiera que esté o visite Madrid puede comprobarlo.