sábado, 12 de noviembre de 2011

EL COMPLACIENTE MARIDO DE PILI

No había olvidado que, al principio, me había dicho que a su casa no podíamos ir porque estaba el marido, así que pregunté:
-¿Pero no está tu marido?
-Creo que sí, pero dormirá profundamente, no te preocupes.
-Si no te preocupas tú. A mí no me va a pedir el divorcio, te lo aseguro.
-Venga, vamos.
Conduciendo yo, que iba un poco menos exaltado que ella, emprendimos el camino de su casa que, por cierto, estaba muy cerca de la mía.
Subimos, era un cuarto piso, y en el ascensor no separó la mano de mi entrepierna. No se preocupó mucho de hacer las cosas con poco ruido, por si el marido estaba durmiendo, sino que actuaba como si estuviésemos solos en la casa. Tampoco siguió el ‘protocolo’ clásico de “¿Esperas un poco que me ponga cómoda?” Sin más preámbulos se desprendió de la ropa quedándose sólo con el transparente sujetador y el minúsculo tanga.
-¿Quieres tomar algo? –Preguntó, y en so sí siguió las ‘normas establecidas’.
-Pues si tienes whisky…
-Claro, pero te lo tomas en el dormitorio mientras te hago una mamada, sigo muy cachonda.
-¿En el dormitorio? ¿Tu marido y tú dormís en habitaciones distintas?
Su respuesta fue una sonrisa indescifrable. Fue a preparar las bebidas y cuando vino me dijo:
-Anda, desnúdate, me debes muchos polvos.
Cuando estuve desnudo sopesó mi pene con la mano como calculando.
-¡Umm! Está en su punto para comérselo entero. Ven.
Me tomó de la mano para que la siguiese.
Cuando entramos en el dormitorio vi que el marido; o supuse que era él; dormía placidamente en la cama. No sabía lo que pretendía Pili, pero la verdad es que tampoco tenía el menor interés por averiguarlo. Las situaciones, cuanto más morbosas, más me atraen.
-Túmbate –Me dijo-. Voy a mamártela, quiero que te corras en mi boca.
Me pareció que aquello no era tan ‘improvisado’ como parecía, pero me importaba un pimiento, estaba como una moto. Así que me acosté boca arriba al lado del hombre y al momento ella tenía mi polla en su boca, lamiéndola, ensalivándola, succionándola…
El hombre parecía como si nada fuese capaz de despertarlo, y no porque ni ella ni yo nos cortásemos un pelo en nuestras ruidosas expresiones de placer. Pero al poco vi como él se ponía la mano sobre el pene y empezaba a masajearlo, luego dormido no estaba.
No tardó mucho en ser Pili quien le arrancase los calzoncillos y hacerle ella la paja mientras me la seguía chupando a mí.
-¡Mira Alfredo! –Dijo dirigiéndose a él- ¡Mira como se va a correr en mi boca!
Comprendí entonces que Pili tenía el marido ideal: a ella le gustaba el sexo en público, con espectadores participantes, y a él parecía gustarle serlo.
Pero tampoco estaba yo en ese momento para muchas especulaciones filosóficas. Pili había aumentado el ritmo y la maestría de su mamada y, efectivamente, al poco me corrí en su boca. Mientras se relamía complacida, Alfredo también vertió su semen en toda su espalda.
Se tendió entre los dos, para dejarnos recuperar fuerzas, sin dejar de acariciar nuestros miembros. Hizo unas ligeras presentaciones, pero ninguno, al menos yo, sabía qué decir.
-Ahora te voy a cabalgar –me dijo-. Quiero que Alfredo vea como me follas, como haces que me corra como una guarra.
En cuanto logró volver a ponérmela dura; cosa que no le costó mucho; Saltó sobre mí y se la clavó en el coño en medio de estentóreas expresiones de placer. Se movía arriba y abajo como si pretendiese destrozármela.
-¡Ah! ¡Mira cabrón! –Se dirigía al marido-. ¡Mira que golfa es tu mujer y que bien me folla éste! ¡Creo que deberías darme por el culo para castigarme, por puta!
Con admirable habilidad, Alfredo se colocó detrás de ella y logró metérsela en el culo casi al primer intento. Pili berreaba:
-¡Pollas, quiero pollas, cómo me gustan las pollas!
Con la corrida anterior tan reciente conseguimos estás mucho rato dándole el placer que pedía. Cando ambos nos corrimos de nuevo y nuestros penes se escaparon de sus agujeros a causa de la flacidez, ella, con la cara desencajada y el cuerpo sudoroso, volvió a tumbarse boca arriba entre ambos jadeando:
-Yo sigo cachonda. Quiero más. Chuparme uno las tetas y el otro el chocho.
Nos tuvo haciéndole ‘fantasías’ con las manos, con las lenguas, con sus juguete sexuales que sacó de la mesilla de noche, hasta bien avanzada la mañana siguiente. Parecía insaciable.
Cuando, totalmente agotado me despedí para volver a mi casa, besándome en la boca me dijo:
-Ha estado muy bien. Será un bonito recuerdo, porque probablemente no nos volvamos a ver nunca.
Yo me fui pensando que aunque la experiencia había sido deliciosa, tampoco lo lamentaba demasiado.
FIN

© José Luis Bermejo (El Seneka).

viernes, 11 de noviembre de 2011

DAME UN BESO

Dame un beso sin lengua suave y lento,
que los labios se rocen sin tocarse
y ese leve rozar haga agitarse
hasta el último poro de tu aliento.
Rózame suavecito como el viento,
que la piel se estremezca hasta excitarse,
cierra los ojos, siéntela inflamarse
y haz que el deseo sea más violento.
Entonces, cuando todo el cuerpo estalle,
deja tu lengua entrar en mi morada
y juega con mi boca ya sedienta
y recorre mi cuerpo con tu talle
y penétrame fuerte con tu espada
y fulmina tu rayo en mi tormenta.

© José Luis Bermejo (El Seneka)

PILI LA EXHIBICIONISTA

La canícula se cebaba con Madrid a primeras horas de la tarde de aquel final de julio. En el interior de mi cubículo el calor era soportable, pero los ruidos de las obras de derribo parcial del inmueble, que se habían reanudado a las tres de la tarde, no. De forma que decidía salir a buscar un poco de tranquilidad al parque cercano a mi domici-lio.
Las calles, que desprendían vapores del asfalto reblandecido por el sol, estaban literalmente desiertas. El pequeño parque no presentaba un aspecto mucho más poblado, aunque la sombra de sus árboles mitigaban un tanto la furia del estío. Un vagabundo durmiendo o amodorrado en un banco, en la umbría; un par de jóvenes retozando sobre el césped al amparo de la soledad; una matrona paseando a un perro agobiado por el calor y la correa; y poco más... o mucho más.
Porque en un banco de una estrecha vereda, sombría y húmeda por el riego, es-taba ella. Una mujer absorta, al parecer, en la lectura de un libro.
Su atuendo, no sé si por tributo al bochorno o por intento de deslumbramiento de los casi inexistentes paseantes, era escueto: un vestido blanco cuya falda, sentada como estaba, apenas le llegaba a medio muslo, y mostrando, en la parte superior, las inquietantes protuberancias oscuras de unos erguidos pezones.
La estampa era tan ‘bucólica’ que no puede evitar la tentación de sacar mi móvil para tratar de ‘robarle’ algunas fotos. La vereda apenas tenía cuatro metros de ancho, por lo que mi acción no podría ser excesivamente furtiva, pero el resultado podía merecer la pena, de forma que pasé lentamente ante ella e hice la primera instantánea. No me quedó muy bien de encuadre, así que, tras un mínimo rodeo, lo volví a intentar pasando otra vez ante ella. Lo hice, entonces, de forma más descarada, incluso me detuve un poco al disparar para evitar el efecto negativo del movimiento de la cámara. Vi que levantó ligeramente los ojos del libro para mirarme, pero no hizo ningún otro gesto, como si apenas hubiese advertido mi presencia. Envalentonado por su gesto, ya ni siquiera simulé un alejamiento, sino que volví sobre mis pasos de inmediato y me puse a hacer fotos desde diversos ángulos, sin importarme ya que me mirase hacerlo con relativa frecuencia, aunque siguiera sin darse por ‘aludida’.
Pero, ante mi regocijo, no sólo consintió en ser el objeto de mi sesión fotográfica, sino que hizo algo más: con movimientos, al parecer inconscientes, hizo que su falda se subiese todavía más para ofrecerme una mejor visión de sus bien torneados muslos.
Hice todas las fotos que la memoria del móvil me permitió. Cuando el sistema me indicó que no podía hacer más, me senté en un banco, justo enfrente del que ella ocupaba; lo que me dejaba a menos de dos metros suyos, para verlas.
Estas dos, que he seleccionado, muestran claramente su aspecto.
De forma inevitable, su ‘ofrecimiento’ a ‘posar’ para mí, junto con su impresionante figura, me habían excitado sexualmente, por lo que, mientras miraba la serie en la pantalla del móvil, comencé a ‘masajear’ mi erección por encima del pantalón, sin demasiado disimulo, aunque sin descaro.
Vi entonces que cerraba el libro, se levantaba del banco y recogía su bolso. Pensé que se marchaba y que se me terminaba la diversión, pero en lugar de eso, atravesó los dos metros que la separaban del que ocupaba yo. Supuse que la había fastidiado con mi atrevimiento. Que una cosa era permitir que le hiciese fotos y otra ver como me mas-turbaba delante de ella. Intuí que se acercaba para echármelo en cara. Así que estaba esperando una lluvia de improperios cuando escuché su voz:
- Buenas tardes -era una voz dulce y cálida, aunque tal vez un poco aflautada- ¿Podrías enseñarme algunas de las fotos que me has hecho?
- Por supuesto –respondí mientras le tendía el teléfono y apartaba mi mano de mi entrepierna.
- ¿Te importa que me siente contigo a verlas?
- Claro que no.
Dejó el bolso y el libro en el borde del banco y se sentó muy cerca de mí al tiempo que decía:
- Pero, por favor, por mí no dejes lo que estabas haciendo.
Supe que se refería a mis ‘manipulaciones’, y aunque un poco cortado, llevé la mano de nuevo sobre mi abultado pene.
- ¡Oye, pues algunas están muy bien! -no sé cómo lo sabía, pues sus ojos estaban mucho más tiempo en mi mano que en la pantalla- ¿Me podrías mandar las que te indicara?
- Si quieres te las mando todas.
- No, sólo dos o tres de las mejores -volvió a sorprenderme, aunque ya cada vez menos, al decir: -¿Me permites?- y apartar mi mano de donde estaba para sustituirla por la suya.
- ¡Vaya, como estás! ¿Te has puesto así por mí?
Empezó a apretar suavemente y a deslizar su mano sobre el pantalón.
- ¿Tú qué crees? ¡Estás que revientas, niña!
- ¡Umm! Pus si he sido yo la causante, tendré que hacer algo para solucionarlo, ¿no crees?
- Tú misma.
- Pero así va a ser un poco difícil, mejor me facilito la tarea -abrió la cremallera de mi bragueta, introdujo la mano en ella y bajo el calzoncillo y, sin ningún empacho, dejó al descubierto mi erguido miembro- Ahora mejor. ¡Oh, que hermosura!
Empezó a masturbarme con gran delicadeza. Su mano abrazaba mi pene, mientras lo masajeaba, con una sensibilidad infinita. No parecía importarle que pudiese pasar alguien en cualquier momento.
- ¿Va bien así? -Dijo.
- Perfecto, niña -respondí.
- ¡Umm! Creo que estaría mejor si estuviese un poco más húmeda.
Y uniendo la acción a la palabra se inclinó y empezó a humedecerme el miembro con sus labios para luego metérsela en la boca y chupar y succionar con gran experiencia.
La mamada estaba siendo genial. Yo no pude mantener mis manos quietas y empecé a tocarle las tetas que insinuantemente tensaban su vestido para, posteriormente, llevarla entre sus muslos buscando su sexo. La braguita era tan minúscula que me costó encontrarla para apartarla un poco. Liberó su boca de mi pene para decir:
- ¡Oh, si! ¡Tócame! ¡Aunque podría correrme sólo con chupártela! -me pajeaba con la mano mientras hablaba. -Cuando te vayas a correr dímelo, quiero saborear tu le-che.
- ¿Quieres que me corra en tu boca?
- ¡Sí, sí! ¡Eso me enloquece! ¡Qué cachonda estoy!
No solo sus manipulaciones, sino la situación en sí, era tan excitante que tuve que hacer verdaderos esfuerzos de contención para no correrme enseguida; entre otras cosas porque quería prolongar al máximo aquella sensación.
En mis dedos notaba la auténtica laguna que era su coño. Sus caderas se estremecían con mi contacto. Logré contener mi eyaculación hasta que la oí gemir:
- ¡Ay, me viene! ¡Me llega! ¡Me llega ya! ¡Me corro como una cerda!
Experimentó fuertes espasmos bajo el dominio del orgasmo, mientras de su gar-ganta se escapaban gemidos apenas contenidos.
- ¡Madre mía que gusto! -dijo- ¡Qué orgasmo más rico!
- ¡Yo también me voy a correr, niña!
- ¡Ah! ¡Sáciame de tu leche!
Arrimó de nuevo la boca a la punta de mi polla un instante antes de que me derramase en ella. Saboreó y tragó parte del semen mientras el resto se desprendía, como babas, de las comisuras de sus labios.
Todavía lamió con la lengua los restos de semen que habían quedado por todas partes, antes de erguirse, recomponer un poco su indumentaria, y quedar sentada a mi lado exhausta y sonriente.
- ¡Que buena corrida! -dijo-. ¿Te ha gustado a ti?
- ¡Joder! ¡Me he corrido de gusto!
- ¡Umm! Eso ya lo he saboreado.
Suponía, naturalmente, que aquello había sido un ‘arrebato’ pasajero, un calentón, y que no volvería a saber más de ella en cuanto nos separásemos. Por eso no quise preguntarle su nombre ni nada sobre ella. No hizo falta, porque dijo:
- Me llamo Pilar, aunque todo el mundo me llama Pili.
- Yo soy Alfredo -respondí-. Y nunca mejor dicho lo de ‘encantado’ -Si no te importa, tengo una curiosidad: ¿Por qué lo has hecho?
- Porque me gusta.
- Ya, comprendo que te guste el sexo, pero, ¿por qué conmigo y ahora, si no me conoces de nada y debo ser, al menos, diez años mayor que tú?
- Verás, vi que me hacías fotos, e interesar a un hombre así ya me pone, por eso ‘posé’ para ti. Pero poner a un hombre cachondo me dispara las hormonas del todo. Así que cuando me di cuenta de que te empezabas a pajear mirándome, sentí como se me inundaba el coño y supe que no tenía más remedio que mamártela. En cuanto a lo de los años, eres muy atractivo... y tienes una polla estupenda.
- ¡Tú sí que estás para follarte hasta la extenuación!
- ¡Ah! ¡Cómo me gustaría que me follases! Porque todavía estoy chorreando, cachonda como una gata en celo, a pesar de la monumental corrida. Pero ahora está mi marido en casa y no podemos ir.
- En la mía...
- Creo que me entenderás si te digo que, sin conocerte, me da un poco de miedo ir a tu casa.
- Lo entiendo, pero es una pena.
- Pero es que estoy que reviento de ganas... Verás, tengo una idea, si tienes tiempo, claro.
- Exponla. Tengo todo el tiempo del mundo.
- Podemos ir a coger mi coche y te llevo a un sitio que conozco donde podemos echar unos polvos en el asiento de atrás. Un poco incómodo, pero así sentiría tu polla dentro de mí, que me muero de ganas.
Desde mi juventud no había vuelto a follar en un coche, pero la niña estaba para hacer cualquier ‘sacrificio’ por ella.
- Por mí, encantado.
- ¡Pues vamos!
2

Pasamos a recoger su vehículo, un Ford Focus que, al menos, parecía bastante amplio para ciertas ‘batallas’.
Me di cuenta de que salíamos de la ciudad. En el camino, su mano alternaba entre la palanca de cambio y mi entrepierna. Yo mantuve mis manos quietas por temor a un accidente por ‘distracción’.
Tras casi 30 Km. Aparcó en un área de servicio, repleta de camiones de esos de tropecientos ejes. Se veía, aparte de la gasolinera, una cafetería bien iluminada.
- Vamos a tomarnos algo para ponernos a tono – Me dijo.
Entramos en el local, repleto de camioneros musculosos, algunos malencarados, otros casi Adonis, y nos sentamos en una de las pocas mesas que quedaban libres.
Antes de que vinieses a tomarnos la comanda, ya había vuelto a poner su mano sobre mi polla y la masajeaba con bastante descaro, obviando las miradas que muchos de los hombres nos dirigían.
Pero es que, además, había cruzado las piernas y dejado que su falda resbalase, con lo que el espectáculo de sus muslos y sus manipulaciones desorbitaba los ojos de gran parte de los presentes.
Nos tomamos una copa, sin prisa, porque ella no parecía tenerla, sin parar de tocarme, coger mi mano para ponerla entre sus muslos, y dirigir veladas sonrisas a todo el que nos miraba. Yo empezaba a intuir su juego.
Cuando nos hubimos terminado las bebidas, con voz un poco más alta de lo necesario, me dijo:
-Venga, vamos al coche, que estoy loca porque me folles.
Nos dirigimos, pues, de nuevo al aparcamiento, abrió las puertas de atrás del vehículo, hizo que me tumbase sobre los asientos y, sin más preámbulos empezó a bajarme los pantalones.
Confieso que yo estaba un poco cortado, pero perdí el mundo de vista cuando sentí sus labios sobre mi polla. La chupaba unas veces suavemente, ensalivándola bien, abrazándola con los labios y golpeando la punta con la lengua, otras veces la succionaba y se la metía en la boca hasta donde podía.
- ¡Me gusta tu polla! – Dijo - ¡Me gustan todas las pollas! Ahora quiero que me lo comas tú a mí.
Uniendo la acción a la palabra, me levantó del asiento y con un hábil movimiento se desprendió de la falda y se tumbó de espaldas, con los muslos bien abiertos.
- ¡Quítame tú las bragas! ¡Arráncamelas! ¡Lámeme!
Me sentía algo ridículo, pese a la oscuridad reinante, de pie, sin pantalones, con el pene enhiesto, y dije:
-¿No podríamos meternos en el coche y cerrar las puertas?
-No, es mejor así, tenemos más sitio para movernos. ¡Por favor, cómemelo! ¡Estoy chorreando!
Me arrodillé en el suelo, entre sus muslos, y me puse a lamerle el coño. Gemía y se retorcía bajo mi lengua, que exploraba los rincones más recónditos de su sexo y se introducía en su vagina cuanto me era posible.
Por tres veces gritó desaforadamente:
-¡Me corro! ¡Me corro! ¡Pero sigue! ¡Quiero morirme de gusto!
Aunque me vuelve loco comerme un coño, prefiero hacerlo en situación algo más cómoda. Además, estaba ya que reventaba y quería participar de otro modo en la ‘fiesta’.
-Oye, no aguanto más, quiero follarte.
-¡Sí, sí! Siéntate y yo te cabalgo, pero no cierres las puertas.
Hice lo que me decía y al momento había saltado sobre mí, dándome la espalda y clavándose mi miembro en el chocho. Empezó a saltar sobre él sin dejar de proferir gemidos. En algunos momentos detenía su ‘cabalgada’.
-Aguanta, aguanta. No quiero que te corras aún.
No estaba yo para prestar mucha atención al ‘mundo exterior’, pero pese a eso me pareció escuchar sonido de pasos sobre el enarenado asfalto. Miré hacia fuera y, en efecto, vi un par de hombres que se acercaban.
-Pili –Dije- Viene alguien.
-¡No importa! ¡Sigue follándome!
-Pero...
-¡Calla! Y no cierres las puertas –dijo al ver mi intención de hacerlo, para, al menos, ocultarnos un poco a la vista de quienes, supuse, iban hacia sus camiones.
Pero supuse mal. Los mocetones se pusieron uno a cada lado del coche, pegados a las puertas, mirando como Pili cabalgaba sobre mi miembro y escuchando sus gemidos de placer.
La situación, tan inesperada para mí, estuvo a punto de dar al traste con mi erección, pero el ‘trabajo’ de Pili pudo con la sorpresa.
Ya me extrañó menos ver como se bajaban la bragueta, se sacaban los penes ya erecto y empezaban a masturbarse.
Todo aquello era demasiado morboso como para andarse con remilgos, de forma que decidí participar en aquel juego que, entonces ya estaba seguro, no era nuevo para ella. Casi estaba por asegurar que estaba casi previsto, como un ritual que se repitiese con frecuencia. Así que, mientras la follaba y masajeaba las tetas, dije:
-Está buena la tía, ¿eh chicos? Seguro que estáis locos por metérsela vosotros también.
No contestaron, naturalmente, pero Pili extendió los brazos y sustituyo las manos de ellos por las suyas para pajearles.
Gritan y se agitaba, loca de placer, con una polla en el coño y otra en cada mano. Como era de suponer, los hombres no tardaron en medio meterse, como pudieron, en el coche para que la boca de la chica alternase con sus manos en las caricias a las ‘respetables’ vergas.
Así, mientras seguía saltando sobre mí, ahora se la mamaba a uno, ahora al otro. Con voz casi ininteligible por los jadeos, dijo:
-¡Ah, chicos! ¡Qué bien me folláis los tres! ¡Avisadme antes de correros! ¡A mí ya me viene el primerooo! ¡Me voy a correr, cabrones! ¡Seguid así!
Yo lleva ya demasiado tiempo estimulado. Sus saltos y movimientos eran tan salvajes que fui incapaz de retenerme más.
-¡Yo ya me corro, Pili!
-¡Hazlo amor! ¡Córrete en mis tetas mientras me la mete uno de estos guapos chicos!
No me dio tiempo ni de llegar a las tetas, me corrí sobre su vientre. Ella recogía el semen con los dedos par lamerlos con deleite. Ni comentar que en cuanto se la saqué ya tenía otra polla bombeando en su coño, y que pronto los dedos que se chupaba fueron sustituidos por otras vergas, que se iban alternando de su chocho a su boca y que recibía con igual entusiasmo por ambos lados.
Cuando acabó con la potencia de todos dijo:
-Chicos, habéis estado estupendos –Y dirigiéndose a mí-: anda, vamos a mi casa, que tú y yo aún tenemos asuntos pendientes.

© José Luis Bermejo (El Seneka).
El resto, que lo hubo, es ya otra historia a la que titulé “EL COMPLACIENTE MARI-DO DE PILI”.

jueves, 10 de noviembre de 2011

ORGÍA EN LA OFICINA

Llegamos al piso 17. Cuando se abrió la puerta del ascensor ya había fuera cuatro o cinco personas esperándolo. Yo no podía aguantar, me chorreaba el coño y en un minuto que las tuve puestas tenía las braguitas empapadas a despecho del salvaslip, de forma que les dije con un gesto que me siguieran y enfilé escopetada hacia mi despacho.
Nada más entrar me desnudé precipitadamente y me tumbé en el sofá diciendo:
-¡Venga, que alguno de los dos me la meta, ya!
Fue el ‘ejecutivo’ quien me tomó la palabra, se bajó los pantalones y se tiró sobre mí clavándomela hasta el fondo, Grité de gusto. Pero el ‘macarra’ no se quedó quiero, naturalmente, este se desnudó por completo y se puso, medio de pie medio inclinado. Al lado de mi cara arrimando su enhiesta verga a mi boca para que se la chupara, cosa que no dudé en hacer mientras sentía la polla del otro bombeando en mi coño.
Creo que tuve 4 o 5 orgasmos, el más intenso cuando el que me estaba follando se corrió sobre mis tetas y el macarra, al mismo tiempo, como si se hubiesen puesto de acuerdo, en mi cara y en mi boca.
Pese a todo yo seguía salida como una perra en celo; sería por la novedad; pero entendí que los tíos necesitaban otros ‘alicientes’, así que recordé que mi secretaria siempre estaba en el pequeño despacho de al lado, con comunicación directa con el mío, que nunca me había dado señales de que le gustasen esas cosas, pero por probar…
-Esperad chicos –Dije-, a ver si animamos esto.
Fui al intercomunicador y llamé:
“Mari, ven a mi despacho en cuanto puedas”.
No tenía la menor idea de cómo iba a reaccionar al vernos allí a los tres desnudos, pero soy mujer y conozco a las mujeres, sobre todo a las que tengo cerca.
Se abrió la puerta de comunicación y entró la chica diciendo:
-Sí, dime Irene…
Se quedó un tanto cortada al ver el ‘panorama’.
-Bueno Mari –Dije- Ya ves como estamos. Me preguntaba si querrías echarnos una mano.
-¡Um! Desde luego que sí –Respondió.
Y uniendo la acción a la palabra le ‘echó una mano’ a la polla del macarra que se puso tiesa de inmediato como impulsada por un resorte.
-¡Um! Sabía que tu ayuda sería decisiva –Dije- ¡Venga, quiero que me la metas ahora que estás de nuevo en forma! ¿Te ocupas tú del otro Mari?
….
-Claro que sí. Venga, a ver si ponemos esa verga bien dura.
De inmediato se arrodilló ante el ‘ejecutivo’ y empezó a hacerle una mamada de escándalo.
Como ocupaban el sofá, el ‘macarra’ me sentó sobre mi mesa de despacho, me hizo subir los pies a la altura de mi cabeza y me la clavó hasta el fondo sin miramiento alguno. Grité como loca al sentir mi coño lleno de aquel pedazo de carne que se movía acompasadamente en mi interior.
En mi vida había estado tan cachonda, y el espectáculo de Mari mamándosela al otro contribuía aún más a mi excitación. Me corría una y otra vez ininterrumpidamente, pero seguía queriendo más y más.
El ‘ejecutivo” se había corrido en la boca de Mari, pero la joven no se iba a conformar con eso. Sólo con su forma de desnudarse logró ponérsela dura de nuevo. De inmediato lo cabalgó entre gritos de placer y palabras subidas de tono que parecían excitarla más aún.
Casi una hora después, con los dos hombres agotados y nosotras todavía ansiosas, Mari me dijo:
-¿Sabes Irene? Siempre te he visto como una mujer seria e inaccesible, pero desde que trabajo contigo he estado soñando con comerme tu coño. ¿Me dejarías?
Nunca había tenido ninguna experiencia con otra mujer, pero estaba tan cachonda que en esos momentos hubiese dejado que me follase un perro.
-Claro que sí pequeña- Contesté- A ver lo bien que lo haces.
‘Echamos’ al ‘ejecutivo’ del sofá y me tumbé en él con una pierna sobre el respaldo y la otra colgando al suelo para ofrecerle mi chocho bien abierto. Mari se puso de rodillas en el asiento y hundió su cara entre mis muslos.
¡Qué maravilla! Mi marido algunas veces, pocas, había hecho lo mismo, pero ni punto de comparación. La joven sabía tan bien donde lamer, mordisquear, succionar, jugando al tiempo con sus dedos en mi culo, en mi vagina, que mis orgasmos eran continuos y sentí que me desvanecía de gusto. Ella tampoco dejaba de masturbarse con su mano ‘libre’.
Ni que decir tiene que la visión de nosotras gozando como locas no dejó indiferentes a los hombres; al rato estaban junto a nosotras ‘machacándosela’ a más y mejor.

El ‘macarra’, viendo el tentador culo en pompa de Mari mientras me lamía se la quiso clavar, pero ella, apartando un momento la boca de mi coño, le dijo:
-No, en el chocho no, métemela por el culo guapo.
No se hizo de rogar el mozo, al momento se la había metido en el culo con toda facilidad, se ve que la chica estaba acostumbrada a ‘usar’ aquella vía de penetración.
Yo, de paso que me corría una y otra vez con la lengua de la chica, le hacía una mamada al ‘ejecutivo’ para que no se sintiese desplazado.
Otra de las consecuencias de mi inexperiencia era que a mí nunca me la habían metido por el culo, pero por los berridos de placer que daba Mari, me dije que tenía que probar también aquello, de forma que le dije a Mari:
-Nena me voy a poner de rodillas en el sofá, yo también quiero que me la metan en el culo.
-Estupendo, vamos las dos.
Así que con la cabeza y las manos apoyadas en el respaldo, de rodillas en el asiento y ofreciendo nuestros culos… ya ni puedo decir cual de los dos me la metió. Sé que al principio me dolió un poco, pero luego resultaba delicioso al máximo. Las dos enculadas nos tocábamos el coño una a la otra y nos besábamos cuando nuestros gritos de placer nos lo permitían.
Tres o cuatro horas más tardes, después de mil orgasmos; también con cortos períodos de recuperación; se marcharon los dos hombres. Le dije a Mari que nosotras también nos tomábamos el resto del día libre.
De forma que volví a mi casa, a mi rutina de dama recatada… Pero mi vida ya no volvería a ser la misma a partir de entonces.
FIN

miércoles, 9 de noviembre de 2011

SUBIENDO A LA GLORIA

Me llamo Irene. Soy jefa del departamento de Recursos Humanos en una empresa de publicidad. Tengo 42 años, estoy casada y mi vida ha sido siempre de lo más ordenada y tranquila, aparte de los avatares de trabajo.
Mi lugar de trabajo está en una de esas enormes torres de Madrid, en el piso 17, un despacho con enormes ventanales a la calle, de casi 50 metros cuadrados, con mueble bar, televisión por cable, y todo lo que puedan imaginar.
Aquella tarde, como todas, tras la comida en el restaurante de el lado, entré de nuevo en el edificio para volver a mi despacho, saludé a Ramón, el encargado de la seguridad en su garita circular del vestíbulo, y me dirigí al ascensor. Aunque hay tres, y muy amplios, a esa hora era común tener que esperar un poco la llegada de alguno. Junto a mí había esperando otros dos individuos; uno de unos 45 años, con pinta de ejecutivo, perfectamente trajeado, con corbata azul oscuro y un maletín de ordenador en la mano; el otro no pasaría de los 35, con ropa deportiva y perfectamente musculado, cual producto e gimnasio, su aspecto era el de medio macarra que tienen casi todos los técnicos en mantenimiento informático, eso sí, tenía un culo que atrapaba mi mirada sin querer.
Cuando llegó uno de los elevadores lo tomamos los tres. El ‘ejecutivo’, haciendo gala de su educación, me preguntó mi piso y lo pulsó para hacerlo luego con el 21. El ‘macarra’ apretó el botón del 14. No sé que perverso impulso me hizo pensar que podía haber sido al revés, así podría haberme recreado en la contemplación de aquel culo hasta mi piso.
Andaba el ascensor por el piso 9 cuando ocurrió lo inesperado: se apagaron las luces y el aparato quedó parado entre dos pisos. Apenas si quedó una diminuta luz de emergencia que no daba ni para verse la nariz. El edificio tiene un pequeño generador eléctrico, pero sólo da servicio a los sistemas informáticos para evitar pérdidas irreparables, y funciona lo justo para dar tiempo a que se pongan en marcha los sistemas de autoalimentación de cada empresa, pero claro, no alimenta los ascensores.
Al principio, pensando que sería cosa de pocos minutos, nos lo tomamos los tres con calma, incluso con un cierto humor.
-¡Vaya faena! –Comentó el ‘ejecutivo’.
-¡Ja, ja! Espero que mi jefe se haya quedado atrapado en otro, porque si no, bronca por legar tarde –Dijo “lindoculo”.
Pero los minutos fueron pasando y aquello no se ponía en marcha. Nos estábamos empezando a poner nerviosos, aunque no decíamos nada, cuando ocurrió algo: sentí que una mano se posaba en una de mis nalgas. Aunque apenas se veía, por la ubicación deduje que era una mano del ‘macarra’ la que me tocaba el culo. Normalmente hubiese puesto el grito en el cielo y montado un expolio. ¡Hacerle eso a una mujer tan decente como yo! Pero no sé que pasó por mi cabeza, pensando en aquel culo, que en lugar de eso me apreté más contra esa mano. Naturalmente aquello le dio alas y al poco eran las dos manos las que ya no tocaban, sino que masajeaban mis nalgas.
Ya sumida de lleno en aquel ‘relajo’, yo también levé mi mano a su entrepierna. Encontré un bulto enorme y duro como una piedra. Sentí que mi sexo se humedecía irreprimiblemente.
Él ya me había levantado la falda y jugaba con mi culo y mi coño con la sola barrera de mi tanga. Yo hice un intento de bajarle la cremallera de la bragueta, pero ante mi torpeza fue él mismo quien lo hizo dejando al aire su enorme verga. La sensación de aquel tremendo pedazo de carne dura y caliente en mi mano hizo que me estremeciese voluptuosamente.
Pero los ojos se habían acostumbrado ya a la oscuridad, e incluso a la tenue luz de la lámpara de emergencia pude ver que el ‘ejecutivo’ se había percatado perfectamente de nuestras ‘maniobras’ y estaba masajeándose el pene por encima del pantalón.
Seguramente fue mi excitación lo que me llevó a la desvergüenza, pero el caso es que le dije:
-Así te vas a arrugar todo el pantalón. Sácatela y te pajeas más a gusto.
No se hizo de rogar, y ahí terminaron todas las inhibiciones que nos pudiesen haber quedado. El ‘macarra’ me quitó; eso sí, cuidadosamente: la falda y el tanga, se arrodilló ante mí y acopló su boca a mi coño recorriéndolo con expertos lametones. Yo, al verme privada de su polla en mi mano, recurrí a la del ‘ejecutivo’ para masturbarle yo en lugar de hacerlo él mismo.
Sentía que oleadas de placer me recorrían el cuerpo bajo la hábil lengua del joven. Mi excitación iba en aumento. ¡Necesitaba ser follada!
-¡Anda guapo! –Dije-, ¡méteme ese rico rabo!
-¡Ahora mismo, zorra viciosa!
El ascensor era amplio, por lo que no necesitábamos hacer números de circo. Me tumbó en el piso, se puso entre mis muslos, me levantó un poco las caderas, y me clavó sin piedad aquella enorme polla. Gemí como una loca al sentirme tan llena de carne dura, y me agarré desesperadamente a aquel hermoso culo, incluso arañándolo.
El otro también se arrodilló junto a mi cara y me puso su miembro en los labios. No tuve reparo alguno en abrir la boca para hacerle una mamada mientras me follaban.
El ‘macarra’ tenía una buena verga, me hacía sentir todo el placer del mundo al sentirme atravesada… pero poco aguante. Al poco me la sacaba para correrse abundantemente sobre mis vientre y mis pechos; también me había quitado la blusa y sujetador no llevo nunca.
Yo, pese al gusto que sentía, no había alcanzado el orgasmo y necesitaba que me follasen más, así que invité al ‘ejecutivo’ a que ocupase su lugar en mi chocho. Su pene no era tan grande, aunque no despreciable, pero sabía manejarlo con maestría. Tan pronto me rozaba el hinchado clítoris con la punta, como volvía a introducírmelo explorando bien todos los rincones de mi vagina. Me agitaba desesperada pensando morir de gusto…
En aquel preciso momento volvió el fluido eléctrico y el ascensor volvió a ponerse en marcha.
-¡Páralo, páralo! -Le grité al ‘macarra’- ¡Yo no me puedo quedar así!
Lo intentó sin éxito, se conoce que había mil personas pulsando los botones de llamada.
-No se para.
-¡Pues yo sigo cachonda perdida! Así que todos al 17 y seguimos en mi despacho.
Nos vestimos apresuradamente…
Pero eso ya no es “Subiendo a la gloria”, sino “Orgía en la oficina”. Es decir, otro relato.

FIN

ME SEDUCES

Me pones, me provocas, me fascinas,
me excitas, me enloqueces, me mareas,
me matas cuando miro tus pezones,
la humedad de tu sexo me gobierna,
me haces comprender las sinrazones,
te escapas de mis manos, juguetona,
me escondes lo que quieres ofrecerme
para luego volver a encandilarme.
Me dices “el deseo no perdona
y te mueres de ganas de tenerme.
¡Tendrás que darme más para tomarme!”

© José Luis Bermejo (El Seneka)

lunes, 7 de noviembre de 2011

EL MOVIMIENTO DEL BUS

         Algunos dicen que soy una calientapollas, y puede que tengan razón porque me encanta provocar a los hombres, con mi mirada, con mis gestos, con mis movimientos, a veces incluso con mis palabras. Me enloquece excitar a los tíos.
         Claro que también me gusta follar cuando se da la oportunidad, pero si no se da no me importa, no es la primera vez que me he corrido sólo de ver a los tíos babeantes y notar cómo se infla su rabo debajo de los pantalones.
         Y no se da siempre la oportunidad porque para mí todos los sitios son buenos para mi juego de provocación: La calle, el trabajo, el bar, la discoteca, los transportes públicos… En uno de estos, concretamente en un bus, se desarrolla la corta historia real que voy a contaros.
         Cada mañana tomo el bus para ir al trabajo, y cada mañana va llenos hasta los topes al ser hora punta, de forma que ya estaba acostumbrada y serpenteando entre la gente logré llegar a una de las barras verticales para agarrarme a ella.
         Enseguida noté que se acoplaba detrás de mí un hombre y empecé con mi juego favorito. Como él no parecía decidirse mucho fui yo la que acerqué mi culo a su bragueta y me puse a moverlo lentamente, pero haciendo que sintiera la presión. Sentí que lo había percibido cuando yo también sentí la presión de su miembro que había crecido en un momento. No tardó en poner sus manos en mis caderas para darme mejor los empujones, pero yo le cogí una de ellas y la llevé directamente a mi coño.
         Aquel toqueteo era agradable y excitante, pero un tanto “light”, de forma que tantee para desabrocharle la bragueta, llegar a su polla y empezar a pajearle.
         El tío empezó a jadear entrecortadamente. Yo me subí la falda para que también pudiese llegar a mi coño en carne y jugos…
         Ni que decir tiene que no era la primera vez que me magreaba con un tío en el bus, pero en esa ocasión me estaba poniendo especialmente cachonda.
         -¡Joder tío –le susurré-, ¡cómo me estoy poniendo! ¡Chorreo!
         -¡Pues anda que yo!
         -Dime: ¿Serías capaz de follarme aquí y ahora?
         -Según estoy sería capaz de lo que fuese. Pero a pesar de lo lleno ue va esto alguien se dará cuenta.
         -Me importa un pito, la que tengo que darme cuenta de que tengo una polla en el coño soy yo.
         -Vamos a montar un escándalo, pero venga, agáchate un poco.
         Lo hice, me levanté la falda y él me apartó el tanga. Sentí que de un solo golpe me la metía hasta los huevos. Tuve que reprimir, en lo posible, mis gemidos de placer, porque él no se reprimió para nada en sus embestidas.
         Desde luego que más de uno de los pasajeros se percató de lo que pasaba. Incluso el señor que iba sentado al lado de la barra a la que me agarraba se atrevió a acariciarme las tetas, seguramente mientras se pajeaba.
         Lo que sí está claro es que nadie se bajó en ninguna de las paradas hasta que no lo hicimos nosotros. Por cierto tuve que tomar un taxi para el trabajo porque no tenía ni idea de donde habíamos “aterrizado”. De lo que sí estaba segura era de que muchos de los pasajeros de aquel bus iban a tardar bastante en olvidarse de mi.
FIN
         Tengo más historias parecidas a esta propiciadas por mi “vicio”. Ya os las iré contando.

Lola López Abril. José Luis Bermejo (El Seneka), por la transcripción, (Pendiente de copyright).

TE ECHÉ DE MENOS

Te eché de menos ayer,
me faltó tu fantasía,
tu manera de querer,
esa sonrisa tan mía.
Te eché de menos ayer
cuando pasaron las horas
y no te dejaste ver,
ni en la noche ni en la aurora.
Acostumbrado a tu risa.
al calor de tu mirada,
a tu quererme sin prisa,
a tu pasión alocada.
Te eché de menos ayer,
lo mismo que cada instante
en que me vuelvo a creer
que un día, tal vez, me amaste.

© José Luis Bermejo (El Seneka)

domingo, 6 de noviembre de 2011

DEL TORMENTO AL ÉXTASIS

Mi nombre es Begoña. Soy una mujer de 39 años, casada, trabajo en una cadena de televisión local de esas con poca audiencia pero con mucha tarea, precisamente para ir captando esa audiencia. Mi marido se llama Alfredo. Nuestra vida no es monótona, pero sí bastante regulada.
A causa de nuestros trabajo no teníamos una vida social demasiado intensa, Pero sí teníamos un amigo entrañable: Pablo, que llenaba casi todos nuestros ratos libres. Venía con frecuencia a casa, donde jugaba al ajedrez con Alfredo, o a las cartas con los dos. Salíamos los tres a cenar, incluso a bailar ; y bailaba conmigo en lugar de sacar a cualquier otra chica. En fin, Pablito era casi como nuestro hermano.
Por eso lo que sucedió aquella tarde que llegue a casa mucho antes de lo acostumbrado por problemas técnicos en la emisora, me dejó completamente anonadada.
Como suponía que a esas horas; eran las cinco de la tarde; no habría nadie en casa, no me molesté en dar mi acostumbrado grito: “¡Ya estoy aquí!”, sino que me fui directamente al dormitorio para cambiarme de ropa…
El ‘espectáculo que me encontré allí me dejó de piedra: ¡Pablo estaba sobra la cama, a cuatro patas, y Alfredo le estaba metiendo el pene por el culo! Ambos completamente desnudos. Estaban tan ‘entusiasmados’ que ni se dieron cuenta de mi presencia
No sé cual hubiese sido mi reacción si hubiese encontrado a Alfredo con otra mujer, pero el verle en aquella situación con nuestro mejor amigo me llenó de indignación y rabia.
Sobre todo porque en todo el tiempo que llevábamos juntos jamás había tenido el más mínimo atisbo de homosexualidad en ninguno de los dos.
Mi primer impulso fue dar media vuelta y marcharme de allí, tal vez para no volver nunca, pero algo enfermizo me retenía allí mirándoles.
Mi cabeza daba vueltas como un molinillo, sentía que estaba a punto de explotar, pero no podía moverme de allí. ¡Y para más sorpresa e indignación me di cuenta de que, sin entender por qué, mi sexo se estaba humedeciendo!
Aquello me molestó tanto que no pude por menos que saltar:
-¡Sois los dos unos guarros hijos de puta!
Sólo en ese momento se dieron cuenta de mi presencia y se volvieron hacia mí sorprendidos. Yo quería tirarles algo a la cabeza, matarlos… Pero por el contrario sentí que me humedecía tanto al ver la enorme polla de Pablo; que naturalmente nunca había visto antes; que la humedad ya corría por mis muslos. Afortunadamente ellos no podían saberlo, y yo tenía que seguir dando rienda suelta a mi indignación.
-¡Maricones de mierda! –Grité-¡Al menos podíais haberos ido a daros por el culo a otra parte, no en mi propia casa!
-Recuerda cariño –Dijo Alfredo con una frialdad incomprensible-, que también es mi casa.
-Y no somos maricones –Apostilló Pablo-. Por ejemplo: tú nos pones muy cachondos.
-¡Pero qué cara tenéis!
-No amor –Dijo Alfredo-, ven aquí con nosotros y te lo demostraremos.
-¡Pero, pero! –Quise protestar, pero me di cuenta de que mi deseo de tener el pene de Pablo dentro de mí se estaba haciendo irresistible, y sin darme cuenta me estaba desnudando mientras me acercaba a la cama. Sin acabar de hacerlo, aún con las braguitas puestas, me lancé como loca a saborear aquella hermosa polla con mi boca.
Alfredo no perdió tiempo en clavarme su rabo mientras se la mamaba al otro. Estaba tan ‘a punto’ después de haber enculado a Pablo que no tardo nada en derramar su leche sobre mi espalda.
-Ven mi niña –Dijo Pablo-, que ahora te voy a llenar yo el coño.
-¡Síii! ¡Méteme esa enorme polla cabrón!
Me tumbó de espaldas sobre la cama, hizo que levantase mis piernas hasta la cabeza, y me metió aquel enorme miembro.
Alfredo, que no había perdido la erección pese a la corrida, se colocó en la cabecera para poner su polla al alcance de mi boca, que no dudó en apoderarse de ella. Sentía un placer indecible con el coño roto por aquella verga y mi boca llena de otra polla.
Las variaciones fueron infinitas durante aquella memorable tarde-noche. En mi vida me había sentido tan bien ‘atendida’. Mis orgasmos eran continuos en medio de mis gritos de gozo…
A partir de aquel día nuestros frecuentes encuentros ya no fueron lo mismo, sino mucho más placenteros.
Incluso alguna vez Pablo, tras consultármelo, se trajo a algún amiguito; siempre bien dotados; para que me sintiese más plena con tres hombres a mi servicio.
FIN

DEGUSTACIÓN

Saboreo extasiado tus pezones
y siento tu temblor enardecido,
sigo encantado el ritmo que me impones
bajando mi cabeza hasta tu ombligo.
Tus caderas se elevan y me llamas
Al separar tus muslos lentamente
Pidiendo que también deguste y lama
Tu dulce sexo, palpitante, ardiente.
Bebo con ansiedad tus humedades
Y gimes y me aprietas contra ti,
Quieres mi lengua en tus oquedades
Y que succione tu clítoris sin fin.
Te corres en mi boca, enloquecida
Mientras yo me derramo entre tus piernas.
¡Y apenas comenzamos la partida,
La pasión de esta noche será eterna.

© José Luis Bermejo (El Seneka)

CIELO NEGRO

Es negro el cielo
de una sombría noche sin estrellas.
¿Cuándo acaba la noche?
Cuando el alma afligida se libera
de nubes de tormenta
que tiñen de violeta el horizonte.
Y el pasado, el presente y el futuro
caen sobre ti en explosión violenta.
¿Dónde acaba el camino?
Sólo en el punto al que el destino lleva.
Que tal vez no sea malo llegar tarde,
si no, sin verla, sobrepasar la meta.

© José Luis Bermejo (El Seneka)