sábado, 5 de noviembre de 2011

ODA AL OTOÑO

Cuando acaban los calores
Ya se aproxima el otoño,
Se van mustiando las flores,
Se van mojando los coños. (Lo siento, pero es que rimaba muy bien).
Las hojas amarillean,
Los árboles se desnudan,
Los salidillos babean,
Las putitas se makean,
Los políticos saludan
y esperan que se les crea.
Y a un servidor se la sudan.
Se aprecia que es un placer
Que el verano ha terminado,
Y no se sabe qué hacer,
Ni donde leches meter
El aire acondicionado.
Se acaban las vacaciones,
los niños vuelven al cole
en Móstoles y en Madrás,
y nos tocan los cojones,
pues por sus santo bemoles
nos suben la luz y el gas.
Se terminan las rebajas,
Se nos quita el bronceado
Y aquel ligue para un rato
Que no dejó ni señal.
El bañador a su caja,
El funcionario enfadado,
Y al currante temporal
Le rescinden el contrato.
Por no dar más la paliza,
porque esto sería un infierno,
preparamos la pelliza
para afrontar el invierno,
que por no discriminarle,
y por mucho que ‘sus’ joda,
me propongo dedicarle
a él también otra oda.

© José Luis Bermejo. (El Seneka)

A UNA DESCONOCIDA

Tus ojos como luceros,
del color de la mañana.
Tus labios, fruta jugosa
que te invita a devorarla.
Tu cuerpo como un pecado
de desnudeces paganas.
El deseo de tu amor
como una punta de lanza
que se ha clavado en mi alma
sin darme tiempo a escudarla.
Eres fuego que me abrasa
y me hace perder la calma,
y al tiempo eres agua pura
que refresca y que relaja.
No te conozco, y aún
sin haber visto tu cara,
empiezo a odiar la distancia
que a ti y a mí nos separa.
 
© José Luis Bermejo (El Seneka)

HAGAMOS EL AMOR

Hagamos el amor tan apretados
que no se sepa dónde acaba un dedo
y empieza la otra mano en este enredo,
los cuerpos fuertemente entrelazados.
Y me penetras tanto que pegados
se esconden en mi cuerpo con denuedo
tus frutos de tal forma que no puedo
saber si están juntos o separados.
Que nuestras bocas sean una sola,
que tu inquieta cadera nunca pare,
que tu mano se vuelva mi aureola,
que tu sudado cuerpo se prepare
para brotar tu rama en mi amapola,
todo hasta que el orgasmo nos separe.

© José Luis Bermejo (El Seneka).

COMPAÑERISMO

Alicia es una compañera de trabajo, de 36 años y muy sexy, aunque no excesivamente guapa. El caso es que casi todos los hombres de la empresa le andan tirando los tejos.
Por eso me sorprendió tanto cuando un viernes, a punto de despedirnos todos hasta el lunes, se acercó a mí y me dijo:
-S i tienes tiempo y pues, ¿podrías venir mañana por la tarde a mi casa? Tengo que pedirte un favor importante para mí.
-Bueno –Respondí-, poder si puedo, pero si es algo del trabajo…
-No, es un motivo personal.
-De acuerdo. Pero hay una pega, que no sé dónde vives.
Me dio una tarjeta de visita y me dijo.
-Te estaré esperando a eso de las siete de la tarde.
Ni que decir tiene que me pasé el resto del viernes y la mañana del sábado especulando sobre lo que querría de mí.
A las siete en punto estaba llamando a su puerta.
Me acomodó en el sofá del salón y me ofreció lo que quisiera para beber. Tras servirlo se sentó junto a mí y me dijo:
-Verás, el favor que necesito de ti es que me dejes hacerte una paja.
Lo insólito de la petición me dejó con la boca abierta. Y no menos el desparpajo en la forma de proponerlo. ¡Pero mucho más lo que vino a continuación!
-Veo que te asombras, es natural. Verás, tú me gustas y quiero que nos corramos juntos, pero hay una condición inexcusable: nos masturbaremos mutuamente pero nada más. Nada de penetración ni algo parecido.
-Bueno, yo… -No salía de mi asombro.
-Naturalmente sería cuando caldeáramos un poco el ambiente, no así en frío y de sopetón.
Tras recuperarme un poco pensé que por qué no, después de todo la cosa tenía su morbo, sobre todo por la novedad, aunque no entendiese de la misa la media.
-Bueno –Accedí-, podemos probar.
-¡Qué bien! Voy a preparar esto un poco entonces, tú no te muevas.
Manipuló las luces de manera de dejar la estancia en semipenumbra.
-En un minuto vuelvo.
Y salió del salón.
Lo hizo en poco más del minuto prometido. Se había puesto un picardías rojo, transparente, sin sujetador pero con un tanga minúsculo también rojo. Encendió el televisor; en el que ya tenía preparado un vídeo porno; y se sentó muy cerca de mí.
-¿Me dejas que te desnude yo? –Preguntó.
-Claro.
Las pajas mutuas; pues fueron más de una; resultaron esplendorosas. Ella gemía y gritaba desaforadamente cada vez que tenía un orgasmo, y recogía con su mano mi esperma cuando yo eyaculaba para llevárselo a la boca, pero en ningún momento intentó una mamada.
No tengo que decir que yo tenía unas ganas locas de follarla, pero ni siquiera lo propuse, atendiendo al “pacto”.
Tras casi tres intensas horas dio la sesión por terminada diciendo:
-A mí me ha parecido estupendo. ¿Y a ti?
-También.
-Pues ya te avisaré cuando necesite otro favor. Ahora, sintiéndolo mucho, tienes que marcharte.
-De acuerdo. Hasta lunes –Dije cuando estuve vestido y en la puerta.
-Sí. Y no se te ocurra dejar traslucir nada de esto en la empresa.
Con más o menos el mismo ritual, la cosa se repitió con frecuencia. En realidad casi todos los sábados.
Pero aquello, sin yo sospecharlo, tenía que dar más de sí.
Fue una de esas semanas en que Alicia me preguntó terminando el viernes:
-¿Puedes mañana?
-Desde luego –Contesté- A la postre me estaba gustando el juego.
-Pues a la hora de siempre.
Cuando llegué el sábado y fui a acomodarme en el sitio habitual, al otro extremo del sofá estaba sentada otra mujer. Alicia hizo las presentaciones, se llamaba Paula y supuse que se había presentado sin avisar.
Me equivocaba, porque Alicia me dijo:
-Paula quiere participar en nuestro juego. ¿Podrás con las dos?
¡En aquella casa a mí ya no me extrañaba nada!
-Pues no sé –Respondí-, pero haré lo que pueda.
-Te advierto que yo no entro en las normas de Alicia –Habló Paula por primera vez.
Supuse lo que quería decir y no me pareció nada mal.
Alicia comenzó con el ritual de las luces, el vídeo, y salir para ponerse la “ropa de faena”, sólo que esta vez fueron las dos las que salieron juntas del salón.
A Alicia ya la había visto con toda su vestimenta erótica, pero Paula me sorprendió con una especie de faldita hawaiana hecha de tiras de apenas dos cuartas de largas, ¡y absolutamente nada más!
-¡Madre mía que cachonda estoy! –Exclamó Paula.
Me hicieron poner en pie para desnudarme entre las dos con sus manos recorriendo todo mi cuerpo. Luego se agacharon ante mí para jugar con mi polla. Aunque Alicia siguió fiel a su costumbre de no acercársela a la boca, Paula no tuvo inconveniente alguno en darla unos buenos lametones y metérsela en la boca casi entera.
Más que sentarnos nos dejamos caer en el sofá. Mis manos fueron cada una a un coño mientras Alicia se puso a meneármela con entusiasmo.
Las dos mujeres se movían convulsivamente y acompañaban con sus dedos las “exploraciones” de mis manos.
Al poco Paula farfulló, más que dijo:
-Anda Alicia, déjame que le haga una buena mamada.
-Como no, adelante.
Se puso a chupármela con un entusiasmo y maestría dignos de encomio. Aunque me hacía dar saltos de placer, no dejé de manipular el coño de Alicia, que ya se había corrido una vez por sus inequívocos gritos en tales momentos.
Tras un rato, en el que tuve que hacer esfuerzos titánicos para no correrme en su boca, levantó la cabeza y gimió:
-¡No puedo más! ¡Necesito que me lo coman o que me follen!
-¿Y por qué no las dos cosas, putona? –Preguntó Alicia.
-¡Lo que sea pero ya!
-Anda, hazla correrse como una cerda con tu lengua.
Lo hice, y logré que se corriese mientras lloraba y gemía, pero no pareció tener bastante.
-¡Más! ¡Más! ¡Quiero más!
-¿Quieres que te folle aquí, o prefieres en la cama? –Le preguntó Alicia.
-¡Me da igual, donde sea pero que me folle ya!
-Vamos a la cama, estaremos más cómodos.
Fuimos casi a la carrera hasta el dormitorio. En cuanto se tumbó en la cama abrió las piernas y las levantó poniendo los pies a la altura de su cabeza.
-¡Por favor, clávamela ya!
Lo hice, por supuesto. Se corrió por segunda vez apenas tuvo la punta dentro, luego lo hizo otras tres veces. Yo también eyaculé dos veces sin sacársela siquiera en unas de las corridas más salvajes que he tenido en mi vida.
Alicia, mientras, tumbada a nuestro lado, se destrozaba el coño con las dos manos en medio de orgasmos continuos que denotaba con sus particulares gritos…
Está visto que el ser buen compañero tiene a veces recompensas muy satisfactorias.

© José Luis Bermejo (El Seneka).

¡CORRE, CORRE!

¡Corre, corre fugitivo!
Escóndete de las luces,
que viene empujando el día.
escóndete, que la aurora,
con su claridad maldita,
hará que veas tu alma
sin velos y sin cortinas.
Que aunque la veas tú sólo;
que los demás ni la miran;
no podrás sufrir la pena
de verla tan desvalida,
tan inmunda y tan oscura
como el fondo de una sima.
Escóndete hasta que sientas
que otra noche se aproxima,
donde ocultar tus miserias
en soledad compartida.
Hasta que la negra noche,
que es tu cómplice y tu amiga,
te deje sacar al mundo
la verdad de tu mentira.
Guarda tu angustia en el pozo
del sueño, esa muerte en vida,
que de día puedes verla
 y no podrás resistirla.
Escóndete, duerme y muere.
Y de noche, resucita
el incesante arrastrarse
de tu insolente osadía
que pretende que la noche
es más clemente que el día.

© José Luis Bermejo (El Seneka)

BUEN VIAJE

                Confieso que yo suelo volar en esas compañías de bajo costo, porque no me gusta derrochar y porque mis viajes no suelen ser muy largos.
                Pero esta vez tenía que desplazarme a Colonia, a una feria de maquinaria para cine y fotografía: Cámaras, reveladoras, positivadoras, iluminación… Pagaba la empresa y se decidió que fuese en primera clase en una compañía internacional.
                En principio la primera clase no se distingue de la turista más que en el espacio que hay entre los asientos, en que hay menos, pues sólo hay dos a cada lado del pasillo, y en que los auxiliares de vuelo te atienden un poco mejor.
                Siempre que puedo me gusta pedir el asiento de junto a la ventanilla, no porque me guste mirar el ‘panorama’ mientras vuelo, sino porque puedo apoyar la cabeza en la pared del avión.
                Como siempre suelo llegar de los primeros a todas partes; es lo que yo llamo mi ‘síndrome de la puntualidad’; en cuanto dio la hora del embarque ya estaba yo en mi asiento, con mi libro, y esperando que despegara aquel chisme.
                Lógicamente el avión se fue llenando enseguida, bien que en primera un poco más despacio que en turista. Con todas mis cosas colocadas, me gusta abstraerme del ambiente y concentrarme en la lectura, se me hace más corto el tiempo interminable de puesta a punto, coger cabecera de pista y despegue, por lo que no prestaba ninguna atención a lo que ocurría a mi alrededor.
                Pero hay algunas cosas que no pueden pasarte desapercibidas, como la mujer que se sentó a mi lado después de colocar su equipaje de mano, excepto un portafolio que puso debajo del asiento delantero como es perceptivo para el despegue.
                Tendría entre cuarenta y cincuenta años, con pinta de ejecutiva-vampiresa; es decir, elegantemente vestida, pero sexy; vamos, como para ‘desarmar’ a la ‘oposición’ masculina en cualquier negociación.
                No suelo andar por el mundo a la caza de la oportunidad, pero tampoco las dejo pasar de largo si se me ponen delante, por lo que pensé que el viaje podía ser bueno con la compañía que me había ‘tocado en suerte’. Al menos visualmente agradable, pues la mujer había cruzado las piernas dejando ver una generosa porción de uno de sus esbeltos muslos, y quién sabe si algo más podría derivarse.
                Enseguida me di cuenta de que mi ‘esparcimiento’ tendría que ser sólo visual cuando la vi que hablaba animadamente con el hombre que ocupaba el asiento contiguo, pero del otro lado del pasillo. Era evidente que viajaban juntos, pero la cosa de sacar los billetes a última hora les había impedido que les diesen los asientos juntos. A punto estuve de decirles que cambiaba mi sitio por el de él, pero ya he dicho que me revienta viajar en el asiento del pasillo, así que me quedé callado.
                En cuanto despegó el cacharro y las normas lo permitieron, abrió su portafolios. Yo ya me había olvidado de mi libro y mi mirada alternaba entre sus piernas, su escote, y las notas y folletos que sacaba de la cartera.
                Precisamente por eso; por unos folletos; pude percatarme que su destino final era el miso que el mío: La Photokina de Colonia. Así que le comenté:
                -¡Vaya! Parece que tenemos el mismo destino.
                -¿Por qué lo dices? –Preguntó.
                -He visto en esos folletos que vas a la feria, o por lo menos tienes documentos sobre ella, yo también voy allí.
                -Sí voy. Allí nos encontraremos. ¿O tal vez antes? –Su tono había sido insinuante.
                -Ya me gustaría, pero… -Señalé con un gesto de la cabeza hacia el asiento del hombre con el que había hablado anteriormente.
                -Es mi marido y mi socio –Aclaró-, aunque más socio que marido. Ya hablando de socios: ¿En qué hotel te alojarás?
                -En el Azimut, en Hansaring, 97, es de los más céntricos de la ciudad.
                Vi que apuntaba el dato en el bloc de notas de su ordenador.
                -Nosotros en el Mauritius de Mauritiuskirchplatz 3 -11. No están lejos. Alguna noche, cuando termine la jornada ferial, podríamos tomar una copa.
                -¿Por qué no? ¿Quieres apuntar mi móvil, o confiamos en el azar de vernos en el recinto ferial?
                -Nos veremos, pero dámelo por si acaso.
                Al mover el portafolios para apuntar el número que le di, su falda subió un poco más, no sé si casualmente, pero su muslo se mostró a mis ojos, esplendoroso, casi en su totalidad. Sin duda se percató de mi mirada clavada allí, porque esbozó una sonrisa cómplice.
                Ella, por su parte dirigió su mirada al bulto que ya se había formado en mi entrepierna y me guiño un ojo disimuladamente.
                Evidentemente las cosas pintaban bien para mi estancia en Colonia, pero la verdad es que nunca pensé que fuesen a empezar tan pronto, porque poniendo un periódico que sacó de la cartera a modo de pantalla, puso su manos sobre mi pene, por encima del pantalón, y empezó a presionarlo como calculando su tamaño y rigidez. Pero no se iba a conformar con eso, acercándose me dijo al oído:
                -Bájate la cremallera.
                Naturalmente no me hice de rogar, si ella no se cortaba, yo tampoco. Metió la mano por dentro de mis calzoncillos y empezó a masturbarme lenta, pero continuamente.
                -Toca tú también algo –Dijo susurrando de nuevo, al tiempo que descruzaba las piernas y las abría para ofrecerme su intimidad.
                Alcancé su sexo apartando un poco las bragas y noté que estaba totalmente húmedo. Las manipulaciones de ambos eran cada vez más descaradas, pues la excitación nos impedía contenernos demasiado, pero dado que las condiciones no eran las óptimas tardamos casi una hora en corrernos, aunque ella lo hizo antes que yo.
                Si alguien se percató de aquello no dijo nada, ni siquiera las azafatas que pasaron por el pasillo un par de veces.
                Después de pasar ambos por el lavabo para paliar, en la medida de lo posible, los efectos de la corrida, ya estábamos a punto de tomar tierra.
-Creo que esta noche tenemos que completar y ampliar esto –Me dijo- En cuanto estemos instalados te llamo.
                En efecto, a eso de las ocho y media de la tarde sonó mi teléfono.
                -Hola –Dijo una voz femenina al otro lado-, soy Carlota, tu amiga del avión, me pregunto si estás disponible para cenar esta noche.
                -Claro que sí –Respondí.
                -Pues pásate a eso de las nueve y media por el restaurante de nuestro hotel. ¿Sabes llegar?
                -Desde luego, no te preocupes, estará ahí a esa hora.
                -Pues nos vemos entonces.
                Cuando llegué me estaban esperando en una mesa ella y su marido-socio, a mí me dio como un poco de corte que estuviesen los dos, porque a él no le conocía de nada, pero si ella le había llevado sería porque no había problemas.
                Tras las presentaciones de rigor; el hombre se llamaba Mario; y tras hacer la comanda, fue el propio Mario quien me contó su historia.
LA HISTRIA DE MARIO Y CARLOTA
                El hombre empezó su relato diciendo:
                -Como creo que te habrá contado Carlota, nosotros somos, más que nada, un matrimonio de conveniencia, nuestros padres eran los dueños del negocio que regentamos ahora y les pareció bien que nos casáramos para que el patrimonio siguiese en las mismas manos.
                Claro que echamos nuestros polvos de vez en cuando, pero en realidad nuestras vidas sexuales son independientes, ella tiene sus ligues y yo los míos, aunque es cierto que le encanta compartir a alguna de mis chicas.
                -Si me gusta -, intervino Carlota-, pero a él tampoco le importa que me folle otro hombre mientras mira y se hace una paja, o participa.
                -Claro-, dijo él-, es muy excitante ver como te revuelcas y gritas como una loca cuando estás experimentando un orgasmo tras otro.
                -Bien-, apostilló Carlota-, pues ahora lo que quiero es follar con Jose, tú decides, lo que quieres hacer, mirar, participar, o irte a dar una vuelta por ahí.
                -Yo tengo una idea mejor-, rebatió él-, Si me dais unos minutos trato de localizar a alguna de mis amigas que vienen también a la feria y nos montamos un numerito los cuatro juntos.
                -¿A ti te apetece eso?- Me preguntó Carlota.
                -Por supuesto que sí-. Respondí.
                -Pues venga Mario, y trata de traernos un bombón.
                -Por descontado, todas mis amigas lo son.
                Cuando terminamos de cenar ya había localizado Mario a una amiga “dispuesta a todo” y habíamos quedado para las diez y media en su habitación.
                Nosotros subimos al terminar la cena y se ve que Carlota no estaba dispuesta a perder el tiempo, pues ya en el ascensor me desabrochó el pantalón y se agachó para hacerme un ‘inicio’ de mamada. Y en cuanto estuvimos en la habitación me tumbó sobre la cama y sin ni siquiera quitarse la ropa se puso sobre mí diciendo:
                -Venga, métemela, llevo toda la tarde soñando con follarte, esto es un polvo preliminar.
                En menos de cinco minutos se corrió entre gritos y aspamos de placer mientras Mario, sentado en un sillón frente a la cama, se la meneaba, aunque creo que no llegó a correrse, ni yo tampoco.
                El tiempo que empleamos en quitarnos la ropa, que evidentemente sobraba en aquellas circunstancias, fue el que tardó en llegar la amiga de Mario que, cumpliendo las expectativas, era un bombón.
                Tendría alrededor de 36 años, dijo llamarse Carmen y ser de Albacete, aunque llevaba ya cinco años residiendo en Colonia.
                -Veo que estáis ya preparados para la batalla -, fue lo primero que dijo tras las presentaciones-, pues voy a ponerme a la altura. ¿O prefieres desnudarme tú, Jose?
                -Encantado-, respondí , y me puse a la tarea mientras ella acariciaba suavemente mi erecto pene.
                Carlota siguió el ejemplo y empezó a pajear a Mario lentamente.
                Cuando estuvo desnuda dijo:
                -Carlota, a Mario ya le conocemos bien, creo que tendríamos que empezar por probar las dos al ‘nuevo’.
                -Ja, ja-, respondió la otra-, yo ya me lo he follado, pero me encantaría repetir.
                -Pero ahora no le vamos a follar, vamos a sacarle la leche para nuestras bocas. Cuando se corra aguantará más para los próximos polvos.
                -¿Y por qué no ‘ordeñamos’ a los dos al tiempo? –Propuso Carlota.
                -Tienes razón, dos pollas mejor que una.
                De forma que nos tumbamos los cuatro en la amplia cama…
FIN

© José Luis Bermejo (El Seneka).

viernes, 4 de noviembre de 2011

A PEPE

Por las juergas que nos hemos corrido.
Por destripar las barras de los bares.
Por escribir canciones muy bebidos.
Por profanar demasiados altares.
Por bebernos las noches de un tirón.
Por escribir poesías en servilletas.
Por dejar la vergüenza en el cajón
Porque a los dos nos gusta un par de tetas.
Por poder ser felices sin un duro.
Por engañar a curas y monjitas.
Por saber pasar hambre con gracejo.
Nunca te olvidaré, te lo aseguro.
Por estas cosa, y otras más bonitas.
yo te saludo a ti José Bermejo.

El flaco.

jueves, 3 de noviembre de 2011

CONFESIONES DE UNA MUJER

Tengo el alma dividida,
Aunque el corazón es uno.
Dos amores en mi vida
Y no renuncio a ninguno.
En mi plenitud madura
Tengo dos grandes pasiones,
Uno me da mil razones,
Otro me da la aventura.
Mi marido y compañero
Es lo sereno, lo estable,
Sexo bueno y confortable,
Tranquilidad y dinero.
El otro me da aventura,
Ilusión de adolescente,
Y ese punto de locura
Que me hace sentir valiente.
No es experto en el amor,
Pero yo le iré enseñando
Para que pierda el temor
A seguirme penetrando.

© José Luis Bermejo (El Seneka)

ENTENDIMIENTO FILIAL

                Hacía ya un par de meses que vivía más en casa de Celia que en la mía. Sobre todo dormir, dormía todas las noches con ella. Celia tenía una hija: Paula, de unos 24 años que, por supuesto, estaba al tanto de que su madre y yo follábamos todas las noches y algunas tardes, y nunca había pasado nada. Por eso me extrañó cuando aquella tarde, Celia me dijo:
            -Tengo que comentarte una cosa: Paula me ha comentado que muchas noches nos oye cuando hacemos sexo y se excita tanto que tiene que masturbarse.
            -¡Vaya! Pues tendremos que ser más silenciosos.
            -Sabes que eso para mí es difícil. Además… No es la solución que ella quiere.
            -¿Y qué solución propone?
            -Verás… Quiere que nos lo hagas a las dos juntas.
            -¿¡Que quiere que me acueste con las dos!?
            -Sí. ¿No te apetece? ¿No te gusta Paula?
            -Bueno, nunca la he mirado como objeto de deseo.
            -Ya, porque es mi hija, pero no me negarás que como mujer está que rompe.
            -Pues sí, pero tú qué opinas, ¿estarías de acuerdo?
            -¡Oh! A mí me encantaría. Sé como follas y sería feliz viendo como le dabas gusto a la niña.
            -Bueno, pero si pasa algo raro no me culpéis, la situación me pilla por sorpresa.
            -No te preocupes, nosotras nos ocupamos de eso.
            -Bien. ¿Y cuando se lo dirás?
            -Se lo diremos, esta noche durante la cena, y ya lo hacemos hoy mismo. ¿Para qué esperar?
            Me pareció que el asunto estaba más estudiado de lo que me decía.
            Paula llegó pasadas las nueve, como cada día, por lo que de inmediato se pusieron madre e hija a poner la mesa para cenar. Apenas habíamos empezado cuando Celia dijo:
            -Paula, le he comentado a Jose lo que me dijiste y está de acuerdo.
            -¡Oh! ¡Qué bien! ¡Qué ganas tengo de que nos le follemos las dos!
            -Pues esta noche ya, cuando nos acostemos, lo hacemos los tres juntos.
            -¡Sí, sí! Pero antes tenemos que calentarle bien mientras vemos algo de tele.
            -Ja, ja. Bueno, veremos quién es el primero que suplica irse a la cama.
            Retiraron la mesa y me dijeron que me sentase en el sofá mientras ellas iban a ponerse algo más cómodo.
            La verdad es que estaba algo nervioso, pero no por la excitación, sino por lo, para mí, insólito del caso.
            Cuando regresaron comprendí que ponerse algo cómo era, para Celia, aparecer sólo con el tanga y los zapatos; y para Paula un picardías totalmente transparente, esta sin nada de ropa interior. Celia se sentó junto a en el sofá y Paula en el sillón de al lado.
            -Paulita –Dijo Celia-¿Tú no has visto la polla de Jose, verdad?
            -No, pero lo estoy deseando.
            Sin más, Celia me desabrochó el pantalón, me sacó la polla y se puso a acariciarla. Paula empezó a masturbarse sin ningún recato.
            -¡Ah, que hermosura de polla! –Dijo Paula-. Me gustaría chuparla un poco. ¿Puedo?
            -Bueno –Dijo la madre-, pero no le desgastes mucho que nos tiene que durar… aunque con la lengua que tiene no le hace falta polla para hacerte morir de gusto.
            -Sólo se la mamaré un poquito.
            Efectivamente, vino hacia mí, se colocó entre mis piernas y empezó a lamerme el pene con fruición. Pero hizo también algo que me sorprendió más: Mientras me la mamaba se puso a tocarle el coño a la madre con gran destreza, tanto que la arrancaba gemidos de placer.
            Al final fue la propia Celia la que dijo:
            -¡Por favor, no puedo más! ¡Vamos a follar a la cama!
            Nos levantamos los tres y fuimos al dormitorio, al parecer todos estábamos deseando lo mismo. Entre las dos me desnudaron y me tiraron sobre la cama. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, sus dos bocas se apoderaron de mi polla, juntas o alternativamente, eso cuando no se dedicaban a besarse empleando la lengua a fondo.
            -¿Has visto mami? Ya la tiene como un tronco.
            -¡Sí, sí! ¡Y yo la necesito en mi coño!
            -Pues vamos, fóllatelo.
            -No cielo, como es tu primera vez quiero que emplee toda su fuerza contigo. Que te folle primero a ti. Si le cabalgas, a mí me puede comer mientras el chocho, ¡que también me encanta!
            Al parecer iban a ser ellas las que llevasen la voz cantante en todo momento.
            -Vamos, métesela a la niña como tú sabes.
No tuve que metérsela, se la metió ella sola. Celia se puso con los muslos abiertos sobre mi cara ofreciendo su coño a mi lengua.
-¡Ay joder! ¡Qué gusto tener una polla dentro –Gemía Paula.
-¡Sí mi niña, es lo mejor! ¡Aunque que te coman el coño, uuummmm!
            Con el coño y el culo de Celia sobre mi cara, la verdad es que no veía mucho, pero sí lo suficiente para darme cuenta de que aunque las dos iban a lo suyo gozando como locas, no por eso dejaron de darme una lección de bisexualidad de manual. Se besaban, se tocaban las tetas, se las frotaban una contra otra…
            Aquello fue una locura. No se las veces que se corrieron; o que dijeron que se corrían; pero sí que cuando yo dije que también me corría, las dos se bajaron como locas para recibir mi leche en sus bocas.
            La sesión duró más de 4 horas. Se la metí a las dos por todos lados: el coño, el culo, la boca… Ellas hicieron un bonito 69; mientras yo me recuperaba una de las veces; demostrando que no tenían reparo alguno en chuparse el coño madre e hija.
            El problema, los días posteriores, fue que todo cambió en la vida de la casa. La joven no salía más que lo imprescindible. En cuanto podía volvía a casa, siempre con la pretensión de follarme, estuviese la madre o no. Tanto es así que a veces llegaba Celia y gritaba:
            -Paula. ¿Dónde estás?
            A lo que la chica respondía, también a gritos:
            -Mamá, estamos follando –Porque era la verdad.
            Y, naturalmente, Celia siempre se unía a la juerga.
            Ni que decir tiene que aquello iba a acabar conmigo en poco tiempo. Menos mal que, apreciando mi evidente agotamiento, posteriormente se conformaban a veces con montárselo las dos entre sí, con la única condición de que yo estuviese presente mirándolas, por si se me empinaba, aprovecharlo.
            Desde luego, en cuestiones como esta, nunca en mi vida había visto a una madre y una hija tan bien avenidas.
FIN

© José Luis Bermejo (El Seneka)

CONFUSIÓN DE AMOR

Porque este amor trastoca los sentidos,
invierte y entremezcla los valores,
hace del sexo eterno mar de amores
y del amor, deseos irreprimidos.
Pues, por amor, deseo poseerte
y, por deseo, necesito amarte,
quiero espiritualmente penetrarte
y gozar del orgasmo de quererte.
Un amor tan total que nunca calma,
que me hace ir desde el infierno al cielo
y me hace desear en loco anhelo
rezar tu cuerpo y poseer tu alma

© José Luis Bermejo (El Seneka)

EL INQUILINO

Andaba yo buscando por Madrid; dada mi escasa ‘disponibilidad económica’; una habitación para alquilar, o algo similar, cuando vi este anuncio en un diario: “Matrimonio sin hijos alquila habitación para chica, con derecho a cocina”. Se adjuntaba un número de teléfono de contacto.
Desde luego no soy chica, pero como en muchos días no había encontrado una oferta parecida, decidí arriesgarme y llamar.
En principio me dijeron que preferían a una mujer, pero parece ser que como también andaban los propietarios apurados por el tema monetario, conseguí una entrevista para conocernos y hablar de las condiciones.
Cuando fui, el día y a la hora acordados, me encontré con un matrimonio joven; no pasaría de los 35 ninguno de los dos, se presentaron como Maribel y Andrés. Si bien al principio parecían un poco reticentes a alquilar la habitación a un hombre, al final parece que les caí bien y llegamos a un acuerdo. El precio era razonable, la habitación amplia y exterior, y la casa en conjunto acogedora. Además, me dijeron que tenía libertad para traer a alguna amiga cuando quisiera.
De forma que, para ajustar lo de los pagos, quedamos que me mudaría a primeros de mes, para lo que quedaban seis días. Tenía tiempo sobrado para recoger las pocas cosas que me iba a llevar de mi actual domicilio.
A los tres días recibí una llamada de Maribel diciéndome que ya tenían preparado el contrato de alquiler, que si podía pasar a firmarlo. Naturalmente dije que sí.

Cuando llegué a su casa; mi próximo domicilio; tardaron un poco en contestar a mi llamada al timbre de la puerta. Me abrió Maribel envuelta sólo e n una toalla de baño.
                -Perdona la tardanza –Dijo-. Me has pillado en la ducha. Pasa, Andrés no está, pero los papeles están firmados, sólo tienes que firmar tú y quedarte con tu copia.
                -Muy bien.
                -Siéntate un momento –Me señaló el sofá-, mientras voy a buscar esos documentos.
                Volvió l rato con los papeles en la mano, que dejó sobre la mesita auxiliar, y se sentó a mi lado. No se preocupó poco ni mucho de que la toalla no se deslizara a los lados de sus muslos, por lo que pude ver su sexo, depilado de una manera curiosa: el poco vello que le quedaba formaba una pequeña estrella. Ella se dio cuenta de mi mirada, pero hizo como si no le diese importancia. Para no seguir mirando, porque me estaba excitando, me puse a revisar y firmar los contratos. No obstante no pude evitar experimentar una erección y que mi pene formase un bulto considerable bajo el pantalón.
                -Bueno –Dije-, ya está todo firmado.
                -Sí. Toma, una copia es para ti
                -Gracias. Creo que ya me tengo que marchar.
                -¿Sí? ¿Tienes prisa? ¿No quieres resolver ese ‘problema’ antes? –Señaló el bulto en mi entrepierna.
                Obviamente no iba a rechazar el ofrecimiento.
                -¡A mí me encantaría!
                -Pues yo te ayudo.
                Sin más, se dedicó a desabrocharme el pantalón y hacer lo necesario para dejar mi polla al aire. Empezó a ‘calibrarla’ con la mano y dijo:
                -¡Um! ¡Pues me encanta tu ‘problema’.
                -¿Y tú tienes también ‘problemática’? –Pregunté poniendo mi mano entre sus muslos.
                -¿Tú qué crees? –Respondió sonriendo.
                En efecto, su coño estaba completamente encharcado, y desde luego no era por el agua de la ducha.
                Me levanté, la cogí de las piernas y la tumbé sobre el sofá para meter mi cara entre sus piernas y ponerme a comerle el coño, a lamerle el clítoris y penetrarla con la punta de la lengua.
                Era una mujer de las poco ‘escandalosas’. Sus gemidos eran más bien suspiros entrecortados, pero el movimiento de su pelvis era tan violente ante mis lamidas que, aparte de descolocarme con frecuencia, casi me hacía daño en la boca.
                Al cabo de poco rato me dijo:
                -¡No, no, para! ¡No quiero correrme! ¡Quiero que me dure! ¡Deja que te la mame yo a ti!
                Para que no tuviese que ponerse en una posición incómoda, me puse a horcajadas sobre ella, sujetándome medio en vilo para no aplastarla, de tal forma que mi pene estuviese al alcance de su boca mientras masajeaba sus tetas con mis nalgas.
                La mamada fue antológica. Sus caderas no dejaban de moverse arriba y abajo, como si me estuviese follando con el coño además de con la boca.
                -¿Dónde quieres que me corra, niña? –Pregunté cuando sentí que no podía aguantar más.
                -¡Córrete donde quieras cabrón!, pero métemela antes.
                Sus palabras me demostraron que era de las que les gustan las palabras subidas de tono cuando está follando.
                -¡Claro que sí zorra. Ponte a cuatro patas que te la voy a clavar hasta los huevos!
                -¡Sí, sí, fóllame como a una perra!
                Se arrodilló en el sofá con las manos en el respaldo, las piernas entreabiertas, ofreciéndome el culo y el chocho en todo su esplendor. De pie tras ella se la metí lentamente, pero hasta el fondo, la tuve allí quieta unos segundos antes de empezar a bombear.
                No aguantó muchas arremetidas antes de gritar:
                -¡Dame fuerte cabrón! ¡¡Me voy a correr como una cerda!!
                Lo hizo en medio de movimientos casi epilépticos. Como yo no sabía su grado de ‘preparación’, se la saqué poco antes de eyacular y esparcí toda mi leche por su espalda. Se puso frente a mí para lamer los restos de semen directamente de mi polla.
                Tras unos momentos de reposo y los inevitables cigarrillos, me dijo:
                -No tengo ni que decirte que, previa llamada para que estemos, puedes ir trayendo tus cosas cuando quieras.
                -De acuerdo, pero no van a ser muchas.
                -Pues las traes de una en una –Respondió con un guiño.
                Cuando me vestí me acompañó hasta la puerta sin ponerse siquiera la toalla.
Aprovechando la oportunidad que me había dado Maribel, y pensando en la ‘recompensa’ que allí me esperaba, volví todos los días llevando cosas pequeñas de las que no iba a dejar.
                Como tenía que llamar previamente, me esperaba ya desnuda o con pocas cosas que quitarse; no sé si casualmente, nunca encontré a Andrés en esas visitas. Nada casualmente, cada una de ellas fue siendo más intensa y placentera en cuanto al sexo entre los dos.
                Por fin, el día uno me trasladé definitivamente. Pensaba, obviamente, que viviendo allí no me iban a faltar oportunidades de seguir mi historia con Maribel, y no me equivoqué, aunque sí me llevé alguna sorpresa.
                Cierto que al principio aprovechábamos las ausencias de Andrés para follar como locos, y yo pensaba que esa iba a ser la tónica siempre.
                Con bastante rapidez me adapté a las costumbres de la casa, de forma que aquella noche; Andrés se había acostado, pues su trabajo le obligaba a levantarse muy pronto; estaba yo mirando, indolente, la televisión y Maribel vino a sentarse a mi lado con sendas copas en la mano.
                Nada más dejar las copas sobre la mesa comenzó a desabrocharme la bragueta.
                -Maribel –Dije-, que está Andrés.
                -No te preocupes, no se despierta. Y es que estoy loca porque me la metas por el culo hoy.
                -¿Te gusta eso? No sabía de esa afición tuya.
                -¡Me encanta! Y que me toques el coño mientras me la clavas.
                Como la situación, con el marido en la casa, me cortaba un poco, mi erección no fue tan rápida y firme como otras veces.
                -Deja que te la lubrique un poco para que entre mejor –Comentó, y se puso a hacerme una de sus espectaculares mamadas. Cuando la tuvo ‘a punto’ se subió el vestido, se quitó las bragas y me cabalgó, según estaba sentado, dándome la espalda. Ella misma apuntó mi pene en su culo y se dejó caer para ir introduciéndoselo poco a poco, luego empezó a moverse arriba y abajo.
                -¡Ay que gusto me da! ¡Estrújame el coño con las dos manos guarro!
                -Si zorra. ¡Te lo voy a destrozar!
                Afortunadamente no era muy gritona, pero ya se moví desesperadamente arriba y abajo mientras yo jugaba con su chocho totalmente empapado. No hacía más que repetir:
                -¡Me corro! ¡Me corro otra vez! ¡Me corro! ¡Me voy a morir de gusto!
                Yo también estaba a punto de correrme dentro de su culo cuando sentimos que se abría la puerta del salón…
                Lógicamente no podía ser nadie más que Andrés. Me quedé tan cortado que sentí que mi erección cedía, pero ella no lo permitió, porque ignorando la entrada del marido siguió cabalgándome y gimiendo a más y mejor.
                Sin duda lago debió notar Andrés en mi expresión, porque dijo:
                -Tranquilo, sigue, no te cortes. Sabía que esto sucedería, ésta es tan viciosa que ya estaba tardando mucho en follarte. Sólo vengo a por un poco de agua y desaparezco de nuevo.
                Como un gilipollas sólo se me ocurrió decir:
                -Gracias.
                -De nada. Me debes una. Cuando traigas a alguna amiguita déjame compartirla también.
                -Claro -. Contesté sin tener siquiera idea de si alguna de mis amigas era partidaria de esos ‘juegos’ o no.
                Aunque me costó un poco retomar el ‘ritmo’ cuando se retiró Andrés, la actividad de Maribel era tan frenética. Fueron dos horas de continuos orgasmos; ni siquiera me pidió irnos a mi cama, perece que el sofá es su ‘picadero’ favorito; con el morbo añadido de saber que el otro, cuando menos, estaba ‘al loro’.
                Ni que decir tiene que a partir de aquella noche cambió totalmente la forma de nuestra relación. Como Maribel era realmente insaciable, ya no hubo día en que no nos montase una orgía, a su marido, a mí, o a los dos juntos. Se convirtió en más que frecuente vernos a los tres, ella en medio, ante el televisor, ‘manejando’ ella una polla con cada mano. Luego cada cual se la metía por el agujero que quedaba libre.
                No obstante yo no olvidaba que su anuncio, en principio, solicitaba una chica para alquilarle la habitación, por lo que era consciente de que ambos esperaban de mí alguna ‘aportación femenina’, pero entre que tenía más que suficiente con lo que había en casa, y que no era capaz de proponerle a ninguna de mis amigas el tema del sexo colectivo, mi aportación no llegaba.
                Sin embargo, la primera ‘experiencia’ no llegó con mi colaboración. Una tarde vino a visitarles una prima de Maribel, que aunque no vivía demasiado lejos, eran de esas relaciones familiares cuyos encuentros se distancian en el tiempo.
                Desconozco, claro está, la trayectoria de la prima; Marta de nombre; en cualquier terreno porque era la primera vez que la veía, pero he de reconocer la tremenda habilidad de Maribel para levar las cosas al terreno que ella quiere.
                Después de un rato de los clásicos: “¿Y cómo está María? ¿Manolo sigue en el paro?”, etc., la conversación empezó a derivar, como insensiblemente, hacia temas sexuales. Que si esto me gusta, que si esto me gusta más, que si cuáles son tus fantasías sexuales…
                Como al hilo de la conversación, Maribel le abrió la bragueta a Andrés, le sacó la polla y se puso a meneársela como ‘al descuido’.
                Marta abrió mucho los ojos, me miró a mí con una sonrisa como diciendo: “¿Qué es lo que pasa aquí?”, pero no hizo ningún otro gesto, pero a medida que iba pasando el tiempo; en el que la conversación, aunque más entrecortada, no se había detenido; se la notaba cada vez más inquieta.
                -¿Qué te pasa Marta? –Preguntó Maribel-. ¿No te gusta lo que ves?
                -Bueno yo…
                -¿O te estás poniendo un poco cachonda?
                -Pues… La verdad es que sí.
                -Seguro que Luis también está como una moto. Hazle un ‘trabajito’ a él.
                Me interrogó con la mirada y yo asentí con la cabeza. Se vino a sentar conmigo y de inmediato imitó a la otra sacándome el pene y masajeándolo suavemente. Yo le desabroche la blusa para poder acariciarle los pechos, pero el tejano que llevaba hacía más complicado el acceso a otras partes.
                -Si vamos a seguir con este delicioso juego –Sugerí-. ¿No sería mejor que nos quitásemos la ropa?
                -Buena idea –Dijo Maribel-. Pero Marta, cuando nos desnudemos te vienes con Andrés, que yo quiero hacerle una buena mamada a Luis.
                -¿Y no sería mejor que continuásemos la fiesta en la cama? –Intervino Andrés por primera vez.
                -Luego cariño –Replicó Maribel-. A mí me da más morbo seguir un poco aquí.
                Yo no sé lo que le daría más o menos morbo a Marta, pero estaba ya disparada, en cuanto estuvo al lado de Andrés ya tenía su polla en la boca.
                -Anda –Me dijo Maribel-, tócale el chocho a Marta mientras os la chupamos.
                Me puse a hacerlo; aunque para que llegase a mi ‘destino’ tuviésemos que mover el sillón. Pero no estuve mucho rato, porque Marta empezó a gritar:
                -¡Oh! ¡Necesito que me la metan ya! ¡O que me coman el coño!
                -Vamos a la cama –Insistió Andrés- Al menos Marta y yo nos vamos.
                -Sí venga, vamos todos –Accedió Maribel.
                En cuanto llegamos a la cama, Andrés se la metió a Marta hasta el fondo entre gemidos de esta:
                -¡Ay! ¡¡Ayyyy!! ¡Cómo me gusta tener una polla dentro!
                Intenté hacer lo propio con Maribel, pero me dijo:
                -¡No nene, no! ¡A mí métemela por el culo! ¡Sabes que me encanta!
                Lo hice.
                Marta se corrió al poco rato en medio de gritos desaforados. Maribel un poco más tarde, con su ‘estilo’ más silencioso, pero más convulso. Nosotros aguantábamos a duras penas. Intuíamos que se nos iba a exigir mucho más.
                Ni que decir tiene que a lo largo de las cuatro horas largas que estuvimos follando, cambiamos de pareja con frecuencia. Marta, después de habérmela follado y provocado otro escandaloso orgasmo, me pidió que se la metiese también a ella en el culo. Hasta Maribel se decidió a comerle el coño a la amiga mientras ésta se la chupaba a Andrés y yo se la metía  ella.
                Cuando, casi seis horas después, se despedía Marta, sólo dijo:
                -Creo que tendré que venir a visitaros con mucha más frecuencia.
                Sin duda que lo hizo en los siguientes meses. Incluso una vez trajo a una amiga suya a la que ya había puesto en ‘antecedentes’ de lo que eran las ¡meriendas en casa de los Castillo!
                En definitiva, que el precio del alquiler estaba más que bien invertido.
FIN
© José Luis Bermejo (El Seneka).