El
viento oscuro de la noche, pasa
tiñendo
el aire de monotonía.
Todo es
igual que ayer:
Cuerpos
y almas en grises amasijos,
soledades
y sueños de borrachos,
impúdicas,
veladas desnudeces
de
espíritus cautivos de un anhelo.
Prisas
quietas, inmóviles, nerviosas,
de
quienes nada esperan del mañana.
Es una
noche más, deshilvanada,
sin
tiempo de futuro... Y de repente
algo
ilumina el espesor del aire
y
traspasa en aromas de magnolias
el
denso ambiente de cerveza y whisky.
Algo
como una roja llamarada
portadora
de vida y de ilusiones.
Miro a
mi alrededor, desconcertado,
y
descubro el origen del milagro:
dos
ojos, dos estrellas encendidas,
ascuas
vivas nimbadas de oro líquido.
Dos
luceros anclados a una aurora,
fijos
al firmamento rutilante
de un
rostro que da nombre a la belleza.
Unos
ojos que, sólo porque existen,
bordan
de claro resplandor la noche.
Pero es
mayor la gloria del prodigio
porque
esos ojos, además, me miran.
Y el
milagro se me convierte en sueño,
la
diosa disfrazada de mujer
que
adorna el mundo con su gentil presencia,
me
regala, en gesto generoso,
la
gracia de su voz y sus palabras,
ofreciendo
un tapiz de maravillas
tejido en hilos de notas de piano.
© José Luis Bermejo (El Seneka)
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